domingo, 26 de julio de 2009
El Malacara en los pagos del Chubut
El Baqueano y su MalacaraEs una historia de pioneros, en la que conviven relatos de inmigrantes galeses, de destacamentos del Ejército y de habitantes originarios. Los paisajes patagónicos son los escenarios donde transcurren las aventuras de John Evans y su intrépido caballo, El Malacara. Cuando el buque Mimosa llegó a la Patagonia, 153 galeses cantaban: "Hemos encontrado una tierra mejor, en una lejana región del sur, en la Patagonia. Allí viviremos en paz, sin miedo a traidores ni espadas", mientras izaban como única bandera su fe en esta tierra prometida. Los alentaba la ilusión de encontrar un lugar en el mundo donde recuperar la identidad perdida en su propio terruño natal, Gales.Habían sido forzados por los ingleses a trabajar en las peores condiciones, a cambiar su lengua y sus tradiciones. Emigraron después de una fallida rebelión e impulsados por el marino Love Jones-Parry, barón de Madryn, y el topógrafo Lewis Jones, que plantearon la propuesta al ministro del Interior, Guillermo Rawson, durante la presidencia de Bartolomé Mitre. Al fin se instalaron, aunque en condiciones precarias, sin agua potable y casi sin abrigo. Muchos de sus niños murieron de frío el primer invierno, y no pasó demasiado tiempo hasta que todos ellos, hombres y mujeres, se creyeron también a punto de morir, pero de pena, de tanto añorar sus verdes praderas en esas comarcas desérticas tan al sur, tan al fin del mundo. No consideraron que en su gran mayoría eran mineros y poco o nada sabían de agricultura. Cuando ya los dominaba el imperioso deseo de poner punto final a sus sueños en esta tierra prometida, se les instaló muy cerquita una comunidad de tehuelches. De ellos, además de la amistad, aprendieron a montar, a cazar y a multiplicar la hacienda; en conjunto idearon un sistema de riego que les permitió salvar las primeras cosechas, haciéndose necesaria la molienda de ese trigo. Crearon entonces el primer molino harinero. Además, se implementaron escuelas bajo la consigna de no abandonar la lengua materna, y el gobierno editó libros de historia y geografía argentina en galés.Con tal estado de avances, el primer gobernador del Territorio Nacional del Chubut, teniente coronel Luis Jorge Fontana, decidió que era tiempo de buscar otras tierras donde albergar a esa creciente y efectiva comunidad galesa. Los convocó a explorar el entorno. Con ese fin se armaron Los Rifleros del Chubut. Uno de sus voluntarios fue John Daniel Evans, apodado El Baqueano. Emigrado de Liverpool a los 33 años, Evans no era un novato. Antes de ser parte de los Rifleros había hecho una expedición al interior buscando una probable veta de oro. En aquella empresa lo acompañaron Richard Davies, Zachariah Jones y John Parry. Llegaron hasta el Zanjón del Oro, a unos 90 kilómetros de Paso de Indios. Cuando notó que la comida no era suficiente, Evans volvió al valle del Chubut en compañía de Zachariah Jones, su cuñado. Necesitaban víveres como para llegar a los Andes. Cuando regresó, además de provisiones traía cinco hombres de refuerzo. Ya reiniciada la expedición se toparon con un destacamento del Ejército, al mando del comandante Roa, que trasladaba a un grupo de indios con destino al "reformatorio", en Valcheta, con el fin de "civilizarlos", como se acostumbraba en aquellos tiempos. Notando el resquemor en los rostros de Evans y los suyos, Roa pretendió conciliar con la serenidad, según él, de marchar tranquilos pues no quedaban indios en la zona porque estaban dominados. Claro que no eran los pueblos originarios los que preocupaban a Evans. El resquemor era muy otro: la malquerencia y el desagravio. Desde 1879, durante la Campaña del Desierto, los Hermanos del Desierto -así apodaban a los originarios-, eran sometidos y obligados a desistir de sus tradiciones y su lengua, la misma violación que los galeses venían de sufrir en su tierra natal. Por eso habían conminado al general Vintter, en 1883, a dejar que los tehuelches pudiesen permanecer en "su tierra". Después de todo esos hermanos, en el desierto y en desgracia, fueron desde el comienzo un muro de protección para los galeses. Sin embargo, decidieron no volver sobre el tema ya tan hablado con Vintter y con el comandante Roa. Continuaron la marcha. A pocas leguas, llegando al río Gualjaina, encontraron a tres miembros de la tribu del cacique Foyel. Pese a conocer a Evans y los motivos de la expedición, uno de ellos, Juan Salvo, mostró cierta inquietud. Cómo saber si Evans y sus compañeros, al fin, no se habrían convertido en espías del ejército, cuestionó Salvo. Y, como el miedo y la desconfianza son malos consejeros, los conminó a ir hasta las tolderías de Foyel, hoy Pico Thomas. En principio Evans y Hughes aceptaron pero, al fin, ofendidos por la desconfianza, se negaron a acompañarlos. Aunque de mala gana, Salvo aceptó. Los exploradores siguieron viaje, pero intuyendo algún peligro se alejaron por el río Chubut, escaso de agua en esa época del año, y cabalgaron por las piedras para no dejar huellas, hasta retomar la ruta no muy lejos de Las Plumas. Gritos de guerraEra una tropilla de 14 caballos y hombres, con Evans a la cabeza montando su Malacara, cuando, según él mismo contó: "…de pronto sentimos un aullido y gritos de guerra de los indios y la atropellada de los caballos. Eché una mirada hacia atrás y vi sus lanzas brillar al sol. Nos cerraron en círculo, sentí el chuzazo de la lanza en mi paleta izquierda y, antes de que pueda reaccionar, vi a Parry caer a tierra con una lanza clavada en el lado derecho y no sé si los otros compañeros estaban heridos porque hasta ese momento se mantenían sobre sus caballos. Clavé las espuelas en las costillas del Malacara, rompí el primer círculo de lanzadores y un indio que se encontraba a retaguardia detrás del círculo tomó su lanza con las dos manos y me la arrojó. Logré desviarla con el brazo y la vi clavarse en la arena al lado de mi caballo y, antes de que tuviera una segunda ocasión, mi Malacara en dos saltos había salido de su alcance y corrió dando tremendas brazadas a todo lo que le daban sus patas". Encontraron un profundo zanjón y Evans espoleó con decisión al Malacara, que saltó al fondo y salió trepando por el lado opuesto. Como dos seres alados, de una manera casi irreal, Evans y el Malacara dejaron atrás a los incrédulos hombres de Salvo. No se detuvieron hasta la noche, cuando en un pequeño cañadón apenas se tomaron el tiempo para beber un poco de agua. Continuaron la marcha guiándose, Evans por las estrellas y el Malacara por su instinto y una lealtad de años para con su jinete.Tiempo atrás, en otra de las tantas expediciones, en una aguada solitaria, Evans había encontrado al Malacara. Lo reconoció como aquel potro que hacía años un indio le había robado a Thomas, uno de sus vecinos. Se le acercó y, ante la docilidad del animal, puso un sosiego en su costado y lo montó en pelo, aunque ninguna duda cabe de que haya sido el Malacara quien intuyó la docilidad y entereza en la clara mirada de John Daniel Evans. Sea como fuere, ambos se adoptaron y el amor a primera vista duró toda la vida. Desde potrillo el Malacara aprendió de aquel indio que lo había robado todos los secretos y las mañas necesarias para moverse a sus anchas por el escarpado territorio chubutense. Por esta razón aquel día, años más tarde, después de salvar a su compañero de andanzas, el Malacara, sin cascos y sangrando sus patas, galopó como si nada hubiese sucedido, hasta que Evans logró dar con un puesto donde pudo hacer un recambio de caballo. Dejó al leal Malacara pastando y curando sus heridas. Con un caballo que le prestaron llegó a Rawson y, enterados de la desgracia, se le sumaron 43 hombres con 21 Remington y volvieron al sitio que, a partir de aquel infortunado día, fue bautizado como el Valle de los Mártires. Todo había sido confuso, pero más terrible aún de lo que Evans pudo vislumbrar mientras el Malacara lo alejaba, ileso, de la revuelta. Sus compañeros habían sido muertos y mutilados. Con inmenso dolor, una vez cumplida la ceremonia del entierro y el responso, Evans volvió a curar las heridas de su Malacara, que lo esperaba con la certeza del deber cumplido aunque sin entender el porqué de lo que había sucedido. La relación con los indígenas había sido siempre cordial. Tal vez alguna denuncia tendenciosa o puede que una venganza por cierto inmerecida.Intuyendo algún peligro se alejaron por el río ChubutComo si esto fuera poca cosa para dar lugar a la leyenda, la expedición, que sólo había sido pensada para buscar un oro que no encontraron, resultó importante pues de todos modos el Malacara y Evans llegaron al pie de los Andes. Al no ver ninguna bandera por la zona, Evans tomó nota del verde profuso, los lagos y el tapizado natural de frutillas y otros frutos silvestres, e informó al coronel Fontana. Poco después Fontana y Los Rifleros, Evans entre ellos, realizaron otra expedición y fundaron una nueva colonia, donde hoy se levanta la ciudad de Esquel. Pero la historia de El Baqueano y su Malacara recién empezaba. Poco después de aquella proeza se presentó David C. Thomas, a quien el caballo le había sido robado en 1878, cuando el animal tenía apenas un año. Thomas insistió en recuperar lo que era suyo, y Evans le ofreció todos sus bienes para no separarse del Malacara. Nada aceptaba Thomas. Entonces, el pueblo y todo aquel que había vivido de cerca los acontecimientos le exigieron no separar nunca a Evans del Malacara, y el hombre finalmente aceptó. Toda esa fe y entrega entre Evans y el Malacara, sumada a la admiración y la leyenda que crecía a pasos agigantados, dio como resultado una relación aún más cercana que no sólo compartieron durante las interminables expediciones con Los Rifleros del Chubut sino que, además, en los ratos libres, era el Malacara quien oficiaba de cuidador de los tantos hijos de la familia Evans, pues se le había encomendado la tarea de llevar a los niños a la escuela. Nunca dejó de pertenecer al clan familiar; se ganó para el resto de su vida un espacio en aquel hogar, donde pasaba sus días rumiando pastos, flores y los recuerdos de sus hazañas de cuando era un caballo alado
Grafittis del Río Pinturas, bien al Sur del continente...en las misteriosas tierras de la Patagonia Argentina
Grafitis del Río Pinturas"Una niña que oficia de guía abre las rejas de la cueva para mí y se va. Sabe que nada impedirá que me lleve lo más importante de esas pinturas rupestres: el espíritu de las improntas...". Después de treinta años, encontré a una compañera del secundario, etapa de la que poco recuerdo porque sólo me gusta recordar mis días en la escuela primaria, las primeras letras, las primeras lecturas y las primeras historias de la Historia. Sigo aferrada a los palotes y no he superado la etapa del Billiken. Y si alguno ha superado aquello, que arroje la primera piedra. Pero volvamos a mi compañera Irma Sousa, que en sus obras se retrotrae, como Alicia y yo, al país de las maravillas de la infancia. Ella es docente de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, y se ha especializado en nuestro arte rupestre, aunque tal vez sólo cayó bajo el sortilegio del calafate, pequeño fruto que apenas pudo morder le impregnó la boca y las manos de azules y que, como augura la leyenda por los alrededores de Los Antiguos, la hace volver una y otra vez a la Patagonia. Cuando Irma me contó su primera caminata desde los farallones del Río Pinturas hasta la Cueva de las Manos, supe que en este país de las-casualidades-que-no-existen, es lógico habernos reencontrado en una librería. Cómo no contar entonces acerca de los primeros escritores de las cosas nuestras. Las primeras letras, los primeros juegos de la infancia de nosotros, los pueblos originarios. No existe escritura mayor que la que surge del arte. Y la más primitiva y primaria forma de la escritura, que nos provoca además una lectura desde la inocencia, es el arte rupestre. Es como volver a los palotes, sugerí, pero Irma sostuvo: semiótica, índice, tipo de signos, rastros de lo que evoca, huella de lo que fue y por lo tanto continúa siendo y continuará ahí. El viajeUn poco de la mano de Irma, otro poco de la del antropólogo Carlos Gradin y su libro Recuerdos del Río Pinturas, jugué a morder una bolita de calafate para que los efectos de la leyenda me abarcasen, me dejé llevar por la machi o por algún chamán de los que habitan esos parajes. Pude así embarcarme en mi propia expedición. Dos caballos de montar, uno pilchero y los bártulos necesarios: mate, bombilla, yerba y galletas, unas frutillas gigantes de la zona, chocolates, bolsa de dormir y una botellita de malbec para observar la primera estrella del cielo patagónico. Imprescindible papel y lápiz, para tomar nota de los fuegos ancestrales y el inapelable fulgor de un cuchillo, que no veré pero oiré desenvainar cerquita de mí, sumándose el zumbido al del rezo de "los antiguos" que aún perdura en el viento. Hace 14 mil años se aislaron ahí para vivir más o menos tranquilos, hasta integrarse o fundirse, siglos después, en los tehuelches y los mapuches. Salimos al alba, desde el pequeño caserío de Bajo Caracoles, con la intención de alcanzar la meseta, la cuesta y el portezuelo de Sumich hasta el Río Pinturas, por la Ruta 40. Por esa Ruta 40 soñada, que se extiende como el sueño feliz de una noche fundamental. Un perro con oreja quebrada y sin rabo humedece mi mano con el morro frío y empieza a trotar sobre las improntas del pilchero. Apenas a unos kilómetros, un piño de guanacos corre a la par del malacara que, dócilmente, se deja montar por mi inexperiencia. Por la derecha van tres ñandúes aventándose con las alas el polvo que provocan con las patas. El viento desmelena al malacara que rebufa cuando cree perder el dominio de su cola o porque le ha echado el ojo a esa yegüita que va por delante de unos caballos salvajes y que, casi en la cara, se le regodea de su libertad. Más adelante la tierra se abre en un surco que me trae recuerdos del Camino del Inca, en la Ruta al Sol, cerquita de Cuenca, en Ecuador y a tres mil metros de altura, donde un alazán de cola blanca, a pasito corto me permitió recorrer esa otra huella milenaria abierta entre peñascos encendidos. También ahora percibo a mi alrededor esas presencias inmemoriales, pero en este caso la huella milenaria se abre paso en mitad de una extensa planicie de grava volcánica, que se ha acumulado por siglos y, de golpe, se quiebra dando a luz una serpiente verdiazul al pie de los sauces. Entonces todo crece. El Río Pinturas, los farallones, los aleros, las paredes, los guanacos panzudos, las guanacas preñadas, las manos. O el espíritu de las manos, porque sólo se ven siluetas. Siluetas de manos, casi todas zurdas y en negativo. Aunque no todas son en negativo. También las hay de color y enmarcadas por un pulverizado de tintes rojos, blancos u ocres. Hay manitos de ñandúes, pies humanos, de toda esas "gentes del Pinturas", como llamó Gradin a "los paisanos", "los viejos" o "los antiguos", los dueños de la cuenca del Río Pinturas, que hace 14 mil años se aislaron ahí para vivir más o menos tranquilos, hasta integrarse o fundirse, siglos después, en los tehuelches y los mapuches. Desmonto y camino. El malacara va quedando atrás con el pilchero, mordiendo crujientes matas de coirón; el otro malacara escapa, a la carrera, donde la yegüita. El perro husmea y bate la cola, seguro de ver algo que yo no veo. Apenas si vislumbro los cientos de manos que van, o vienen, desde los orígenes de la vida, mascullando la impotencia de no poder remontar el Río Pinturas y conocer el comienzo de los tiempos. Después de pelearnos por horas, el viento me abandona, tal vez no se anima a franquear el valle. Poco más adelante percibo la presencia de la Cueva de las Manos entre los paredones de un cañón de casi 200 metros. Una niña que oficia de guía en este Patrimonio de la Humanidad, abre las rejas de la cueva para mí y se va. Sabe que nada impedirá que me lleve lo más importante de esas pinturas rupestres: el espíritu de las improntas; supone, seguramente, que yo no puedo dejar mi impronta entre las manos de la pared, pero sí que las manos de sus antepasados se han grabado en mí. Dicen que por la Cueva de las Manos pasa el eje del mundo, y que por ahí suben los chamanes a ver qué sucede en el más allá.Irma me contó también que metió la mano en un agujero del suelo y que tal vez era una casa de piedra o chenque, una especie de urna mortuoria, porque tocó unos huesos aún tibios. Qué importa no verlos si están ahí. A ojos cerrados intuyo que a mi alrededor se reúnen los dueños de las manos con la boca impregnada de rojos o azules. Porque dicen que así las pintaron, soplando buches, pulverizando con su boca los tintes contra la piedra. Dicen que por la Cueva de las Manos pasa el eje del mundo, y que por ahí suben los chamanes a ver qué sucede en el más allá; dicen que por ahí se va el alma de los muertos en busca del destino. Se dicen tantas cosas. También que desde el País del Diablo -como Muster, en sus textos de investigación, llamó a esas tierras- hasta las Colinas de Dios, el Río Pinturas guarda el pasado del norte santacruceño para echarlo en las aguas del Río Deseado. Aun así, 14 mil años de pasado no se agotan; tampoco han sido comprendidos. Tal vez "los antiguos", predecesores de los tehuelches y los mapuches, sólo buscaron advertirnos la refutación del tiempo y esta incapacidad de leernos los unos a los otros. Y a nosotros mismos. Un santuarioIrma Sousa me dice que no son grafitis. Discutimos. Le digo que sí, porque no entiendo los códigos tribales de los grafiteros ni los códigos tribales de "los antiguos". Pero ella me dice que es un santuario, el Santuario de las Manos, insiste rebautizando la Cueva, y yo insisto con que todo lo escrito en una pared, por la gente, algo de santuario tiene. Puede que sea verdad que con los grafitis se profanan no sólo las palabras sino los espacios públicos. Porque de eso se trata, según Irma: transgredir y violar el espacio público. Discutimos. Por qué habrían de ser públicas las paredes de los edificios de esta otra ciudadela a orillas del Río de la Plata y no habrían de ser públicos los farallones del Río Pinturas. Irma se ríe de mí y yo de ella. Cortázar confesó que en París pasaba horas observando los grafitis, las pintadas y las pegatinas callejeras porque ahí se lee la historia de la ciudad y sus gentes. Claro que los grafitis traen la impronta del presente y las pinturas rupestres la impronta del pasado. Pero las interminables capas de pintura sobre los grafitis no borran, sólo anticipan el espíritu de las improntas que vendrán. Irma vuelve a reírse de mí. Los años no nos han pasado en vano, cada una se aferra a sus propias lecturas. Sin embargo coincidimos en la emoción. Qué duda cabe de que me he imbuido no sólo de los azules con que tiñen los frutos del calafate cuando uno los muerde, y la impronta de las Manos, sino de las palabras del antropólogo Carlos Gradin: "Al llegar al cañadón, pensé que mi corazón explotaría de alegría; en el cielo, sobre las pampas, había una franja roja cerca del horizonte. Era mi propia sangre. El Norte de mi vida me esperaba. Seguí marchando cuesta arriba. Y me vine…"
El gaucho Lega...
El romántico de la violenciaConvertido en gaucho matrero desde su temprana juventud, Olegario álvarez cosechó amores y odios. La escritora Silvia Miguens narra la vida de este hombre que transitó un camino de rebeldía, signado por la violencia, y se hizo leyenda al amparo de la mitología correntina.Cuando Nicolás Toledo y Paulina Álvarez engendraron a su hijo, el aire andaba enrarecido por el polvo que alzaban las tropas de Argentina, de Brasil y de Uruguay, que cabalgaban por los alrededores de Saladas, a 100 kilómetros de Mburucuyá, para embestir a las de Paraguay, durante la Guerra de la Triple Alianza. Nueve meses más tarde, corriendo ya el año 1871, el primer encantamiento de Olegario fueron los ojos de su madre. Tal vez por aquella primaria visión del mundo siempre se dio a conocer con el apellido materno, o puede que Nicolás Toledo no fuera más que uno de esos hombres de a caballo que van de paso. Para cuando Olegario nació, el aire no estaba enrarecido por las tropelías de las milicias. Inspiró profundo una oleada de heroísmo de esa tierra de héroes, y no sólo de los héroes que deambulaban por la zona, pues también en Saladas había nacido el sargento Cabral, que en el combate de San Lorenzo salvó de la muerte al general San Martín, otro correntino de ley. Muchos niños, igual que Olegario, fueron forjados por las narraciones de sus mayores, susurradas en torno al fogón de las mateadas nocturnas. Acunado por mitos y leyendas, a la vera de los espíritus errantes y de los entreveros con las tropas de Rosas, nació y creció Olegario Álvarez, quien muy pronto, en su juventud, se convirtió en el Gaucho Lega, o Leguita. Imposible permanecer ajeno a ese caudillismo que convertía al entorno en un corral de riñas. Inquinas y resquemores eran parte del paisaje. La traición, la crueldad, los muertos devenidos en semidioses, mártires o delincuentes, según la corriente o la necesidad política. Muy de cerca le tocó ver un alzamiento en que la represión y el castigo fueron utilizados como escarmiento, la Matanza de Saladas, en octubre de 1891, que culminó poco después cuando, con el fin de conciliar la paz, se decretó una amnistía. Por esos días Lega tenía 18 años, y supo de inmediato de qué manera el grupo político vencido pasaba de la amnistía al degüello. Y del degüello al mito. Al año de la matanza era sargento de policía, y pertenecía al Partido Colorado.Olegario fue parte de esa clase social marginada y pueblerina, de activos militantes políticos que se ganaban continuas persecuciones que terminaban llevándolos al pillaje, para sobrevivir. Tal vez porque se rebeló contra el vasallaje de los señores feudales de la zona, esa actitud desafiante y libertaria hizo que fuera considerado de un valor sin límite. Y, como sucedió con el Gauchito Gil y con Altamirano, todos piragües, es decir colorados, los estandartes, claveles, cintas y elementos de culto con que le rinden homenaje y se adornan los santuarios, son rojos. Por su filiación autonomista. Claro que también existen "santos celestes", del Partido Liberal, como Francisco José López en la zona de Esquina. Pero en el caso de Lega, era colorado y fue en uno de esos confusos episodios de comité cuando mató a un hombre. Poco después, en un duelo criollo, dio muerte a otro gaucho, a quien llamaban Poncho Café.Fue apresado en Curuzú Laurel, entre San Miguel y Loreto, enviado a los Tribunales de Corrientes y sentenciado a cadena perpetua. En la cárcel se relacionó con Aparicio Altamirano y con Adolfo Silva. Los tres se volvieron inseparables hasta que, un martes de carnaval de 1904, huyeron aprovechando una fuga masiva de presos. Al poco tiempo se les atribuía, entre otros delitos, el de asaltar una estancia, asesinar al propietario, su esposa e hijos, y colgar sus cabezas del alambrado. Y así continuaron sus días, en estado de rebeldía. Fueron épocas de corridas y dicen que de transmutaciones, a la sombra y al reparo de los quebrachales y de los pastos que bordean los esteros. Muy de a poco sus andanzas se volvieron parte de la mitología guaraní. Puede que no hayan sido pocas las veces en que se lo vio, convertido en un yaguareté que va olisqueando los alrededores en busca de la presa y con sed de venganza, mientras atraviesa el bosque húmedo y las palmeras de Yatay, en las cercanías de Saladas, Concepción, San Roque y Mburucyá, propiciando igual que siempre lo que está a su alcance para ayudar a la gente. En cuanto al amor, Lega tampoco se quedó corto con la leyenda y el romanticismo. Un atardecer, amparado por las sombras y el canto de los primeros pájaros nocturnos, dejó su caballo detrás de la casa de un tal Lafuente, oficial primero de policía, y como un yaguareté que ha tomado las mañas de su perseguidor, un cazador de aguada, esperó que el oficial vaciara la botella de ginebra y, sólo cuando notó que la autoridad se había dormido, Olegario sigilosamente fue al rescate de su novia, Ángela Alegre. La muchacha permanecía recluida desde que Lega escapó de la cárcel. La sola sonrisa y el beso de Ángela justificaron la imprudencia de acercarse de nuevo a Saladas, donde era buscado y fácilmente reconocible. Dicen que Ángela se quedó junto a él hasta el mismito momento, el 2 mayo de 1906, en que una partida policial terminó con la vida de Olegario Álvarez, y también con la de Adolfo Silva, en el paraje denominado Juru'i, en Rincón de Luna. Aparicio Altamirano pudo escapar y fue muerto en 1932. Muy de a poco sus andanzas se volvieron parte de la mitología guaraníLeguita, con apenas 35 años fue acribillado a balazos por la Policía, que dio cuenta de su muerte con gran alarde. Como contrapartida, de inmediato Lega renació como mártir legendario y gaucho milagroso. La imaginación pueblerina fue dando fe de sus milagros. Los motivos para su devoción empiezan justamente ese día, porque cuando la Policía bajó el cadáver, atado al caballo, el cuerpo emitió unos quejidos, tal vez por el aire aún en los pulmones y expulsado, o tal vez porque así estaba escrito. Se dijo que aún estaba vivo. En el patio de la comisaría, sólo después del largo traslado de su cuerpo a lomo de caballo, le quitaron el Kurundu, un amuleto con forma de campana confeccionado por el abá payé (hechicero). Según cuenta la leyenda guaraní, gracias al payé y pese a haber sufrido heridas de gravedad en muchas ocasiones, Lega no moriría hasta que se lo quitaran. Él mismo, dicen, pidió a sus captores que se lo sacaran para poder morir en paz. Lo que no les dijo era en qué momento lanzaría su último aliento.
El amor siempre entre la ficción y la leyenda...
La Delfina
Apareció una noche vestida de soldado en el campamento del caudillo entrerriano. Mujer de armas tomar, fue compañera en la batalla y amante durante el reposo. La escritora Silvia Miguens narra la pasión que significó La Delfina en la vida y en la muerte del guerrero.Desde Rio Grande do Sul hasta el campamento de don Pancho Ramírez, una flor de mburucuyá guió a La Delfina. O tal vez haya sido La Delfina quien se dejó caer en las manos del caudillo en forma de pasionaria o mburucuyá. Era una mujer con aroma y delicadeza de flor, pero fueron su empecinamiento y la fuerza de su amor los que ganaron el corazón del caudillo.Se dijo que era hija bastarda de un virrey brasileño, criada en el campo al sur de Brasil, en Rio Grande do Sul, por una familia de estancieros, y que en la adolescencia se fue tras uno de esos familiares adoptivos a combatir en la campaña contra José Artigas. Era mujer de armas tomar y conocía las hazañas de don Pancho. Desde su país de leyenda lo vio cruzar el Paraná con sus hombres, nadando todos a lo perro sujetándose con la mano a las colas de sus potros, y supo de las muchas veces que el caudillo, con sus tropas diezmadas, venció al enemigo a punta de picardía y coraje.Una de esas noches en que una lluvia de estrellas y de luciérnagas irrumpió en el cielo del campamento, don Pancho tomó su arma y, apenas saliendo de su tienda, la luz de la lámpara dio de pleno en la cara del intruso. El caudillo pudo vislumbrar la serenidad en el rostro de aquel personaje que, pese a llevar ropas de hombre, mostraba curvas y aroma de mujer. Sin decir más, ordenó que organizaran una tienda donde pudiera dormir la mujer. Más tarde, cuando la muchacha se envolvía en una manta, el mismito don Pancho entró a la tienda con mate cocido y pan.Al amanecer, los hombres buscaron huellas pero la mujer, para llegar al campamento no había dejado un solo rastro. Dos días más tarde, de conciliábulo con las mujeres que amasaban pan, La Delfina comentó: “(…) y así, amo y señor, el hombre posee un caballo, un puñal, un fusil, unos hombres y un ejército hasta posee una patria, igual posee una mujer o a varias, sin saber que sólo las mujeres libres engendran y echarán al mundo hombres libres”.Las cuarteleras rieron sin estar seguras de comprender. Sólo sabían de marchar a la retaguardia, y La Delfina no era de las que se conformarían con eso. Cuando Ramírez invitó a comer a la muchacha, entibiaron agua del río y se ofrecieron a lavarle el pelo. Festejaron el convite como propio. Le pusieron pantalón limpio, blusa de linón y una flor de mburucuyá en el pelo trenzado. Así se apersonó La Delfina a don Pancho. –Espero sepa comprender la poca elegancia de la mesa, mi señora. – E s p e r o s e p a comprender la poca elegancia de la dama, mi señor. Comieron hablando muy por lo bajo hasta que la vela en el candelabro pareció a punto de extinguirse, y en la fuente se enfriaba el último trozo de dorado. Ramírez le ofreció el brazo, y caminaron orillando el río hasta que se echaron en el pasto a contarse cuitas. El alba los descubrió entreverados como dos cachorros. No fue sorpresa para nadie. Don Pancho llevaba demasiado tiempo sin mujer y contrariado.Ramírez fue aliado de Estanislao López y de Artigas en las contiendas con Brasil y Buenos Aires. Cuando fue el triunfo en Cepeda, entraron a la Santa María y, después de atar sus caballos en torno a la Pirámide de Mayo, Ramírez decidió perdonar la vida al director supremo José Rondeau, a quien encontró escondido entre unos arbustos. Cuando Ramírez y López suscribieron el Tratado del Pilar con Buenos Aires, Artigas le declaró la guerra porque don Pancho no había consultado con él lo del acuerdo.Al año siguiente, 1821, roto el Tratado del Pilar, López pactó con Buenos Aires, que ostentaba ya nuevos gobernantes. Don Pancho, gracias a un plebiscito, fue elegido gobernador supremo de la República Entrerriana, y Corrientes lo recibió con honores. Para la ocasión el caudillo mandó confeccionar trajes oficiales con chambergo y la pluma de avestruz del escudo de la nueva República, para sus hombres y entre ellos La Delfina que, montando un brioso alazán, no se había separado de Ramírez desde su aparición en el campamento.LA BIENVENIDA Y LA NOVIAPasada la ceremonia de bienvenida, en Corrientes, la muchacha agradeció el uniforme y los honores al gobernador. Sin embargo, esa noche quiso cambiar de atuendo. En el campamento de La Bajada habría bailes, títeres, juegos de naipes, riña de gallos, carreras, hasta corridas de toros, y la mujer debía recuperar para ella y para su hombre los encajes y el satén. Debía mantener alejadas a las “ofrecidas” de turno.Durante la marcha y las batallas se había convertido en su mujer y como tal debía mostrarse, porque a la mujer del gobernador empuñar un fusil no la hacía menos apta para ejercer el arte del abanico en los salones. Cómo si esto fuera poco sorprendió a don Pancho, dulcificando su acostumbrado grito de batalla con la guitarra. Pero, esa noche las chamarritas y las noticias corrieron como pólvora, y don Pancho debía su promesa de matrimonio a una damita de tiempos anteriores.Norberta Calvento, la novia, pasaba las tardes plegando alforzas. Algunas noches hasta llegó a deshacer las flores bordadas para rehacerlas la tarde del siguiente día. De nada valieron reclamos y notas. Pero no abandonaría la ilusión. Una noche puso broche final al traje y lo dejó en un maniquí sin cabeza que se sumó a la espera de la novia. La muchacha cebaba mate junto al vestido, y cuando cerraba el misal, entornando los ojos soñaba con tener a Ramírez en la casa y habituarlo a las tardecitas de ensaimadas con chocolate y sus melodías en el piano. Quería rescatarlo de esa lucha y de esa mujer que sólo lo alejaban de la vida reposada. Después de todo, Francisco –consideraba la novia– era de familia decente y de recursos, no necesitaba el caudillaje ni ser gobernador; el padre del novio, el paraguayo Juan Gregorio, era marino fluvial y propietario de tierras, y su madre, Tadea Florentina Jordán, nativa de la provincia, también era dueña de campos.Norberta sabía lo de La Delfina y rezaba por él que, seguramente, se debatía entre las dos: la novia, que buscaba arrimarlo al nido, y la amante, que peleaba a la par de su amado en las luchas montoneras incitándolo a entregar su vida por la causa criolla. La pobre Norberta no sabía que don Pancho Ramírez no era hombre de debatirse por las mujeres. El fragor de la lucha no le permitía conjeturar el futuro conveniente; mucho menos Las chamarritas y las noticias corrieron como pólvora, y don Pancho debía su promesa de matrimonio a una damita de tiempos anteriores sospechar la zancadilla que la historia y la leyenda le reservaban. La novia tampoco sabía o no recordaba que, al fin y al cabo Ramírez, como los demás, era hombre de una sola mujer.La única fémina que ganaría el corazón del caudillo era la muerte. Al fin, un día, más pronto que tarde, una partida enemiga sorprendió a los amantes en el campamento. Se dijo que don Pancho fue muerto por la espalda cuando intentaba salvar a La Delfina de los que pretendían violarla; también se dijo que fue sorprendido y asesinado mientras hacían el amor.Seguramente los asesinos olvidaron que entre el caudillo y la soldadera el amor estaba hecho desde muy atrás. Tampoco faltó quien dijera que don Pancho fue denunciado por el celoso coronel Lucio Norberto Mansilla, malherido en su vana espera de los favores de La Delfina.Sin embargo, la rivalidad entre Mansilla y Ramírez venía desde las hostilidades entre Artigas y don Pancho, en las que Mansilla colaboró con sus trescientos cívicos, pero cuando Buenos Aires y López se volvieron contra Ramírez, que intentaba recuperar el territorio paraguayo, Mansilla le quitó su apoyo porque según dijo: “No desenvainaré la espada contra mi ciudad de nacimiento”. Ramírez aceptó la disculpa y le pidió que por lo menos trasladase la infantería de Corrientes hasta Paraná. Mansilla pareció acatar, sin embargo no cumplió. Privó a Ramírez de las fuerzas necesarias y de ese modo lo precipitó a la ruina.Sea como fuere, revanchas o celos, lo cierto es que el caudillo enamorado, el 10 de julio de 1821, con 34 años y después de la derrota de Fraile Muerto, fue asesinado por la espalda en Río Seco, a manos de las fuerzas santafesinas y cordobesas, que acabaron por decapitarlo para mostrar públicamente su cabeza. La Delfina fue rescatada por los leales a Ramírez y escoltada hacia Arroyo de la China. Se dijo que ahí, silenciosa y quieta, vivió hasta su último día.El 28 de junio de 1839, Norberta Calvento desandaba las teclas del piano en un rondó cuando reparó en el paso cansino de un ataúd con su pobre cortejo. Era La Delfina. La Justicia Divina existe, murmuró entonces Norberta, que vestía de negro desde la muerte de Ramírez, muerto por culpa de esa mujer que al fin le pasaba por delante. Cuando perdió de vista el cortejo notó que ninguna huella dejaba en su marcha. Vaya a saber Dios por qué. Poco después manifestó su deseo de que a su muerte, fuera velada y enterrada con su traje. Pero ni aquel amor ni ese deambular por la eternidad vestida de novia, alcanzarían para convertirla en leyenda. El mito fue un privilegio que sólo alcanzó a La Delfina, un combatiente más en las huestes de Ramírez a quien tanto supo alentar en el amor y otras batallas cuando la patria los necesitó a los dos.
Apareció una noche vestida de soldado en el campamento del caudillo entrerriano. Mujer de armas tomar, fue compañera en la batalla y amante durante el reposo. La escritora Silvia Miguens narra la pasión que significó La Delfina en la vida y en la muerte del guerrero.Desde Rio Grande do Sul hasta el campamento de don Pancho Ramírez, una flor de mburucuyá guió a La Delfina. O tal vez haya sido La Delfina quien se dejó caer en las manos del caudillo en forma de pasionaria o mburucuyá. Era una mujer con aroma y delicadeza de flor, pero fueron su empecinamiento y la fuerza de su amor los que ganaron el corazón del caudillo.Se dijo que era hija bastarda de un virrey brasileño, criada en el campo al sur de Brasil, en Rio Grande do Sul, por una familia de estancieros, y que en la adolescencia se fue tras uno de esos familiares adoptivos a combatir en la campaña contra José Artigas. Era mujer de armas tomar y conocía las hazañas de don Pancho. Desde su país de leyenda lo vio cruzar el Paraná con sus hombres, nadando todos a lo perro sujetándose con la mano a las colas de sus potros, y supo de las muchas veces que el caudillo, con sus tropas diezmadas, venció al enemigo a punta de picardía y coraje.Una de esas noches en que una lluvia de estrellas y de luciérnagas irrumpió en el cielo del campamento, don Pancho tomó su arma y, apenas saliendo de su tienda, la luz de la lámpara dio de pleno en la cara del intruso. El caudillo pudo vislumbrar la serenidad en el rostro de aquel personaje que, pese a llevar ropas de hombre, mostraba curvas y aroma de mujer. Sin decir más, ordenó que organizaran una tienda donde pudiera dormir la mujer. Más tarde, cuando la muchacha se envolvía en una manta, el mismito don Pancho entró a la tienda con mate cocido y pan.Al amanecer, los hombres buscaron huellas pero la mujer, para llegar al campamento no había dejado un solo rastro. Dos días más tarde, de conciliábulo con las mujeres que amasaban pan, La Delfina comentó: “(…) y así, amo y señor, el hombre posee un caballo, un puñal, un fusil, unos hombres y un ejército hasta posee una patria, igual posee una mujer o a varias, sin saber que sólo las mujeres libres engendran y echarán al mundo hombres libres”.Las cuarteleras rieron sin estar seguras de comprender. Sólo sabían de marchar a la retaguardia, y La Delfina no era de las que se conformarían con eso. Cuando Ramírez invitó a comer a la muchacha, entibiaron agua del río y se ofrecieron a lavarle el pelo. Festejaron el convite como propio. Le pusieron pantalón limpio, blusa de linón y una flor de mburucuyá en el pelo trenzado. Así se apersonó La Delfina a don Pancho. –Espero sepa comprender la poca elegancia de la mesa, mi señora. – E s p e r o s e p a comprender la poca elegancia de la dama, mi señor. Comieron hablando muy por lo bajo hasta que la vela en el candelabro pareció a punto de extinguirse, y en la fuente se enfriaba el último trozo de dorado. Ramírez le ofreció el brazo, y caminaron orillando el río hasta que se echaron en el pasto a contarse cuitas. El alba los descubrió entreverados como dos cachorros. No fue sorpresa para nadie. Don Pancho llevaba demasiado tiempo sin mujer y contrariado.Ramírez fue aliado de Estanislao López y de Artigas en las contiendas con Brasil y Buenos Aires. Cuando fue el triunfo en Cepeda, entraron a la Santa María y, después de atar sus caballos en torno a la Pirámide de Mayo, Ramírez decidió perdonar la vida al director supremo José Rondeau, a quien encontró escondido entre unos arbustos. Cuando Ramírez y López suscribieron el Tratado del Pilar con Buenos Aires, Artigas le declaró la guerra porque don Pancho no había consultado con él lo del acuerdo.Al año siguiente, 1821, roto el Tratado del Pilar, López pactó con Buenos Aires, que ostentaba ya nuevos gobernantes. Don Pancho, gracias a un plebiscito, fue elegido gobernador supremo de la República Entrerriana, y Corrientes lo recibió con honores. Para la ocasión el caudillo mandó confeccionar trajes oficiales con chambergo y la pluma de avestruz del escudo de la nueva República, para sus hombres y entre ellos La Delfina que, montando un brioso alazán, no se había separado de Ramírez desde su aparición en el campamento.LA BIENVENIDA Y LA NOVIAPasada la ceremonia de bienvenida, en Corrientes, la muchacha agradeció el uniforme y los honores al gobernador. Sin embargo, esa noche quiso cambiar de atuendo. En el campamento de La Bajada habría bailes, títeres, juegos de naipes, riña de gallos, carreras, hasta corridas de toros, y la mujer debía recuperar para ella y para su hombre los encajes y el satén. Debía mantener alejadas a las “ofrecidas” de turno.Durante la marcha y las batallas se había convertido en su mujer y como tal debía mostrarse, porque a la mujer del gobernador empuñar un fusil no la hacía menos apta para ejercer el arte del abanico en los salones. Cómo si esto fuera poco sorprendió a don Pancho, dulcificando su acostumbrado grito de batalla con la guitarra. Pero, esa noche las chamarritas y las noticias corrieron como pólvora, y don Pancho debía su promesa de matrimonio a una damita de tiempos anteriores.Norberta Calvento, la novia, pasaba las tardes plegando alforzas. Algunas noches hasta llegó a deshacer las flores bordadas para rehacerlas la tarde del siguiente día. De nada valieron reclamos y notas. Pero no abandonaría la ilusión. Una noche puso broche final al traje y lo dejó en un maniquí sin cabeza que se sumó a la espera de la novia. La muchacha cebaba mate junto al vestido, y cuando cerraba el misal, entornando los ojos soñaba con tener a Ramírez en la casa y habituarlo a las tardecitas de ensaimadas con chocolate y sus melodías en el piano. Quería rescatarlo de esa lucha y de esa mujer que sólo lo alejaban de la vida reposada. Después de todo, Francisco –consideraba la novia– era de familia decente y de recursos, no necesitaba el caudillaje ni ser gobernador; el padre del novio, el paraguayo Juan Gregorio, era marino fluvial y propietario de tierras, y su madre, Tadea Florentina Jordán, nativa de la provincia, también era dueña de campos.Norberta sabía lo de La Delfina y rezaba por él que, seguramente, se debatía entre las dos: la novia, que buscaba arrimarlo al nido, y la amante, que peleaba a la par de su amado en las luchas montoneras incitándolo a entregar su vida por la causa criolla. La pobre Norberta no sabía que don Pancho Ramírez no era hombre de debatirse por las mujeres. El fragor de la lucha no le permitía conjeturar el futuro conveniente; mucho menos Las chamarritas y las noticias corrieron como pólvora, y don Pancho debía su promesa de matrimonio a una damita de tiempos anteriores sospechar la zancadilla que la historia y la leyenda le reservaban. La novia tampoco sabía o no recordaba que, al fin y al cabo Ramírez, como los demás, era hombre de una sola mujer.La única fémina que ganaría el corazón del caudillo era la muerte. Al fin, un día, más pronto que tarde, una partida enemiga sorprendió a los amantes en el campamento. Se dijo que don Pancho fue muerto por la espalda cuando intentaba salvar a La Delfina de los que pretendían violarla; también se dijo que fue sorprendido y asesinado mientras hacían el amor.Seguramente los asesinos olvidaron que entre el caudillo y la soldadera el amor estaba hecho desde muy atrás. Tampoco faltó quien dijera que don Pancho fue denunciado por el celoso coronel Lucio Norberto Mansilla, malherido en su vana espera de los favores de La Delfina.Sin embargo, la rivalidad entre Mansilla y Ramírez venía desde las hostilidades entre Artigas y don Pancho, en las que Mansilla colaboró con sus trescientos cívicos, pero cuando Buenos Aires y López se volvieron contra Ramírez, que intentaba recuperar el territorio paraguayo, Mansilla le quitó su apoyo porque según dijo: “No desenvainaré la espada contra mi ciudad de nacimiento”. Ramírez aceptó la disculpa y le pidió que por lo menos trasladase la infantería de Corrientes hasta Paraná. Mansilla pareció acatar, sin embargo no cumplió. Privó a Ramírez de las fuerzas necesarias y de ese modo lo precipitó a la ruina.Sea como fuere, revanchas o celos, lo cierto es que el caudillo enamorado, el 10 de julio de 1821, con 34 años y después de la derrota de Fraile Muerto, fue asesinado por la espalda en Río Seco, a manos de las fuerzas santafesinas y cordobesas, que acabaron por decapitarlo para mostrar públicamente su cabeza. La Delfina fue rescatada por los leales a Ramírez y escoltada hacia Arroyo de la China. Se dijo que ahí, silenciosa y quieta, vivió hasta su último día.El 28 de junio de 1839, Norberta Calvento desandaba las teclas del piano en un rondó cuando reparó en el paso cansino de un ataúd con su pobre cortejo. Era La Delfina. La Justicia Divina existe, murmuró entonces Norberta, que vestía de negro desde la muerte de Ramírez, muerto por culpa de esa mujer que al fin le pasaba por delante. Cuando perdió de vista el cortejo notó que ninguna huella dejaba en su marcha. Vaya a saber Dios por qué. Poco después manifestó su deseo de que a su muerte, fuera velada y enterrada con su traje. Pero ni aquel amor ni ese deambular por la eternidad vestida de novia, alcanzarían para convertirla en leyenda. El mito fue un privilegio que sólo alcanzó a La Delfina, un combatiente más en las huestes de Ramírez a quien tanto supo alentar en el amor y otras batallas cuando la patria los necesitó a los dos.
Merceditas (publicado en Cosas Nuestras)
Un amor errante
Se conocieron en un club de Humboldt, Santa Fe. Fue amor a primera vista pero ella, aferrada a su terruño y a su familia, no aceptó dejar todo por él, un empedernido viajero. La escritora Silvia Miguens narra la historia de amor que vivió e inmortalizó Ramón Sixto Ríos en su canción Merceditas.on el último acorde, Ramón giró la guitarra y se abrazó a ella como quien abraza a una mujer que ama. Pero todavía no la amaba. Por el momento sólo le echaba el ojo. No obstante, ansioso porque los aplausos no terminaban, saludó con la guitarra en alto y abandonó el escenario del Club Sarmiento de Humboldt. Y es verdad, aún no la amaba, pero con sólo vislumbrarla entre el público intuyó que esa mirada transparente era la de su musa.Dejó la guitarra y corrió al salón. Cuando ella le aceptó el baile su corazón dio un vuelco, la gringuita del vestido blanco sólo le pidió tiempo, tiempo para terminar el refresco. Carmín sobre carmín, se dijo a sí mismo viendo que la boca de ella naufragaba en el vaso de granadina. Algo torpe, aunque sin perder encanto, el hombre le extendió la mano y se presentó como Ramón Sixto Ríos. Mercedes Strikler Kahlow –murmuró la muchacha entregándole la suya–. Él la tomó y cuando besó la mano supo de inmediato que le auguraba dulces momentos. Mercedes se disculpó, y quiso llevarse un dedo a la boca porque se dio cuenta de que había unas gotas de granadina. Él, sin soltarla, le aconsejó disculparse siempre… pero por la inmensa dulzura de sus ojos. Ella bajó la vista y se entregó al baile.A los pocos días, la primera vez que Ramón visitó la casa de los Strikler, hizo saber a Mercedes que tenía 26 años, que había nacido en la ciudad de Federación allá por el año 1913, que estaba de paso pero debía regresar con la compañía a Buenos Aires por otro compromiso teatral, y que estaba enamorado. Mate y bizcochos de por medio, fue anoticiado de que un 16 de diciembre de 1916 Alberto Strikler y Margarita Kahlow vieron nacer a la pequeña Mercedes, ahí en Humboldt, tierras adonde había llegado el abuelo Strikler con otros tantos suizos, casi a final del siglo haciendo parte de una de las tantas corrientes inmigratorias propiciadas por Sarmiento.El enamoramiento fue a primera vista, como todos, pero también a primera vista ambos se dieron cuenta de que Ramón como entrerriano de ley era más río que tierra; mientras que ella, pese a llevar el cielo en los ojos y el sol en el pelo, era tierra y no tan río.UN AMOR ERR ANTE MERCEDITAS, LA LEYENDA QUE PALPITASe conocieron en un club de Humboldt, Santa Fe. Fue amor a primera vista pero ella, aferrada a su terruño y a su familia, no aceptó dejar todo por él, un empedernido viajero. La escritora Silvia Miguens narra la historia de amor que vivió e inmortalizó Ramón Sixto Ríos en su canción Merceditas. Con sólo vislumbrarla entre el público intuyó que esa mirada transparente era la de su musa Él era proclive a la emigración; nacido en Federación vivía en Buenos Aires y la música lo llevaba a todas partes. Ella, a pesar de ser resultado de la inmigración, o justamente por eso, se aferraba a esos parajes santafesinos en los que el abuelo Strikler fundó la colonia Humboldt. Le pertenecía, debía lealtad a sus ancestros, a ese concepto se amarraba Mercedes.Desde muy chica, con sus padres y Ernestina, su hermana menor, siguieron sembrando los surcos abiertos por el abuelo. Sus días transcurrían en las tareas de campo, especialmente con el tambo. Después de morir don Alberto, doña Margarita se volvió a casar. Esto no cambió las circunstancias de Mercedes, al contrario, trabajó más aún. No estaba en sus planes inmediatos, ni futuros, abandonar su tarea pastoril ni a su madre. Por lo tanto, con el corazón herido a causa de su propia cobardía, o conciencia, rechazó la propuesta del caballero andante. Ramón, sin resignarse del todo, se fue a la Capital prometiéndole regresar en seis meses, y le rogó que postergara la respuesta hasta entonces.Pero Mercedes supo que no debía, ni podría, irse de Humboldt. Aun si su vida no resultaba cómoda ni sencilla. Carecían de luz eléctrica y el trabajo de tambo, especialmente el ordeñe, empezaba muy temprano: a la una de la mañana ya estaba en pie comenzando las tareas, único modo, el madrugón, de abarcar todas las tareas rurales, cuidar los pollos, trabajar en la quinta, y muchas otras actividades con las que, aun sin pretenderlo, volvió a acostumbrarse a la ausencia del amor, el de Ramón y el de cualquier otro candidato. De todos modos nunca estaba quieta; alternaba sus días de campo con las salidas a Humboldt, a diez kilómetros, donde con su hermana iban a bailar, especialmente si era carnaval.Mucha tarea y muchos sueños alimentados, y luego desechados, se sucedieron hasta el día, seis meses más tarde, en que Sixto volvió a la casa y, entregándole el estuche azul con los anillos de compromiso, le propuso casamiento. Una vez más, Mercedes no se sintió capaz de desafiar su destino y el presente; tenía por entonces 24 años, era incapaz de abandonar a su gente y todo aquel ámbito. No se animó a desprenderse a sí misma de su tierra. Consideraba que todas las especies mueren fuera de su hábitat. Una vez más dijo “no” y, como justificativo, mientras le repetía su acongojado no, le señalaba esos campos donde aún se respiraba el espíritu de los primeros suizos. Volvieron a poner distancia el uno de la otra.Sin embargo, ni Mercedes ni la distancia pudieron impedir que Ramón, en su melancolía, quedase Merceditas Strikler Kahlow prendado de su musa. A los pocos meses, dicen que seis, Mercedes descansaba de su jornada campesina preparando la cena y escuchando la radio, cuando le llamó la atención un chamamecito. “Enseguida me di cuenta –recordaba–: la letra tenía frases enteras que Ramón me había dicho personalmente”. Al parecer, el tema Merceditas era un éxito en la Capital. Más adelante, Ríos le dedicó: Pastorcita de las flores y Las glicinas y, aunque éstas no tuvieron igual repercusión, causaron profunda emoción y nostalgia en la bella suiza de Humboldt.Pero, como suele suceder, musa y esposa parecen no ir de la mano. Mercedes no había querido casarse con Ramón, ni se casaría con nadie; y él se casó con otra, porque la soledad nunca es buena. Dicen que Ramón no se olvidó de Mercedes, aunque nunca se sabe. En cuanto a “la suiza”, por esos años además de sus tareas y de gozar de los recuerdos, disfrutaba de su soltería, era dueña y artífice de su libertad. Solía subirse a su moto, con campera de cuero y botas, echando al aire su melena rubia y la música que había inspirado; también tarareaba su chamamé cuando desafiaba el viento pero a caballo, como si aquella historia de amor fuese sólo una leyenda pueblerina.Mientras tanto a Ramón, en Buenos Aires, una vez más le fueron negadas las mieles del amor. Enviudó después de dos años de matrimonio. La Providencia, no contenta con que Ramón tuviese que olvidar a Mercedes, le imponía la tarea de olvidar a su esposa muerta. Años más tarde, una revista porteña publicaba una nota donde una tal Mercedes Strikler, confesaba ser la mujer que había inspirado al compositor Ramón Sixto Ríos en su famoso tema, Merceditas. Cuando la entrevista llegó a manos de la familia, corrieron a mostrársela a don Ramón que nada corto, aun habiendo pasado cuarenta años, le escribió reiterándole la invitación de viajar a Buenos Aires. Sólo entonces ella aceptó, y en el reencuentro por fin Ramón pudo murmurarle al oído las palabras de amor como si fuese un secreto a dos voces. El chamamé Merceditas formaba parte del paisaje musical argentino, y por ende del mundo, pero Ramón no había podido ofrecérselo aún de cerquita y al oído, como aquello que era en realidad: un poema de amor.Aún habiendo pasado cuarenta años, él le escribió reiterándole la invitación de viajar a Buenos AiresQue dulce encanto tieneen mis recuerdos Merceditasaromada florecitaamor mío de una vez.La conocí en el campoallá muy lejos, una tardedonde crecen los trigalesprovincia de Santa Fe.Así nació nuestro querercon ilusión...con mucha fepero no se por qué la florse marchitó y muriendo fue...Y amándola con loco amorasí llegué a comprenderlo que es querer, lo que es sufrirporque le di mi corazón.Como una queja erranteen la campiña va flotandoel eco vago de mi cantorecordando aquel amor...porque a pesar del tiempotranscurrido es Merceditasla leyenda que palpitaen mi nostálgica canción.Pero a veces el desencuentro no cede su sablazo. En este caso fue la muerte la que dejó ir a Ramón de los brazos de Mercedes. A “la chica suiza de Humboldt” no le quedó entre las manos nada más que el recuerdo de ser la musa inspiradora de una leyenda. La vida se le fue más rápido de lo que imaginó. Cómo saber, en realidad, qué fue lo que llevó a Mercedes a no aceptar el amor de Ramón. Tal vez, no se creyó capaz de tener algo para ofrecer a cambio de un gran amor.Lo cierto es que no le fue mejor por ser leal a sus ancestros. Empobrecida, al fin la vida se le acabó. Ni sus días de deidad inspiradora ni el reconocimiento de los suyos por cumplir con su deber, fueron atenuante o justificativo para que le fuese concedido el milagro de demorar su partida. Nadie vive sino el tiempo que le fue asignado, 84 años en su caso. Aquel domingo 8 de julio, Mercedes murió en el hospital de Esperanza. Nunca más oír los versos y la melodía de su canción; los sueños se le fueron entre los dedos, como se le había escapado el camino polvoriento de los pagos de Humboldt, al paso de su moto o de los cascos del caballo.El tiempo de la melodía, y el del amor, se le acabó sin tregua ni piedad. Una enfermedad terminal puso fin a su condición de musa y al goce que provoca la fuerza arrolladora de un amor que nunca se concreta. Sin embargo, poco antes de morir se concedió la paz a sí misma y a Ramón, que la esperaba con nuevas palabras de amor, confesando: “Simplemente, me arrepentí”. Silvia Miguens Fotos: Gentileza Diario El Litoral Ramón Sixto Ríos
Se conocieron en un club de Humboldt, Santa Fe. Fue amor a primera vista pero ella, aferrada a su terruño y a su familia, no aceptó dejar todo por él, un empedernido viajero. La escritora Silvia Miguens narra la historia de amor que vivió e inmortalizó Ramón Sixto Ríos en su canción Merceditas.on el último acorde, Ramón giró la guitarra y se abrazó a ella como quien abraza a una mujer que ama. Pero todavía no la amaba. Por el momento sólo le echaba el ojo. No obstante, ansioso porque los aplausos no terminaban, saludó con la guitarra en alto y abandonó el escenario del Club Sarmiento de Humboldt. Y es verdad, aún no la amaba, pero con sólo vislumbrarla entre el público intuyó que esa mirada transparente era la de su musa.Dejó la guitarra y corrió al salón. Cuando ella le aceptó el baile su corazón dio un vuelco, la gringuita del vestido blanco sólo le pidió tiempo, tiempo para terminar el refresco. Carmín sobre carmín, se dijo a sí mismo viendo que la boca de ella naufragaba en el vaso de granadina. Algo torpe, aunque sin perder encanto, el hombre le extendió la mano y se presentó como Ramón Sixto Ríos. Mercedes Strikler Kahlow –murmuró la muchacha entregándole la suya–. Él la tomó y cuando besó la mano supo de inmediato que le auguraba dulces momentos. Mercedes se disculpó, y quiso llevarse un dedo a la boca porque se dio cuenta de que había unas gotas de granadina. Él, sin soltarla, le aconsejó disculparse siempre… pero por la inmensa dulzura de sus ojos. Ella bajó la vista y se entregó al baile.A los pocos días, la primera vez que Ramón visitó la casa de los Strikler, hizo saber a Mercedes que tenía 26 años, que había nacido en la ciudad de Federación allá por el año 1913, que estaba de paso pero debía regresar con la compañía a Buenos Aires por otro compromiso teatral, y que estaba enamorado. Mate y bizcochos de por medio, fue anoticiado de que un 16 de diciembre de 1916 Alberto Strikler y Margarita Kahlow vieron nacer a la pequeña Mercedes, ahí en Humboldt, tierras adonde había llegado el abuelo Strikler con otros tantos suizos, casi a final del siglo haciendo parte de una de las tantas corrientes inmigratorias propiciadas por Sarmiento.El enamoramiento fue a primera vista, como todos, pero también a primera vista ambos se dieron cuenta de que Ramón como entrerriano de ley era más río que tierra; mientras que ella, pese a llevar el cielo en los ojos y el sol en el pelo, era tierra y no tan río.UN AMOR ERR ANTE MERCEDITAS, LA LEYENDA QUE PALPITASe conocieron en un club de Humboldt, Santa Fe. Fue amor a primera vista pero ella, aferrada a su terruño y a su familia, no aceptó dejar todo por él, un empedernido viajero. La escritora Silvia Miguens narra la historia de amor que vivió e inmortalizó Ramón Sixto Ríos en su canción Merceditas. Con sólo vislumbrarla entre el público intuyó que esa mirada transparente era la de su musa Él era proclive a la emigración; nacido en Federación vivía en Buenos Aires y la música lo llevaba a todas partes. Ella, a pesar de ser resultado de la inmigración, o justamente por eso, se aferraba a esos parajes santafesinos en los que el abuelo Strikler fundó la colonia Humboldt. Le pertenecía, debía lealtad a sus ancestros, a ese concepto se amarraba Mercedes.Desde muy chica, con sus padres y Ernestina, su hermana menor, siguieron sembrando los surcos abiertos por el abuelo. Sus días transcurrían en las tareas de campo, especialmente con el tambo. Después de morir don Alberto, doña Margarita se volvió a casar. Esto no cambió las circunstancias de Mercedes, al contrario, trabajó más aún. No estaba en sus planes inmediatos, ni futuros, abandonar su tarea pastoril ni a su madre. Por lo tanto, con el corazón herido a causa de su propia cobardía, o conciencia, rechazó la propuesta del caballero andante. Ramón, sin resignarse del todo, se fue a la Capital prometiéndole regresar en seis meses, y le rogó que postergara la respuesta hasta entonces.Pero Mercedes supo que no debía, ni podría, irse de Humboldt. Aun si su vida no resultaba cómoda ni sencilla. Carecían de luz eléctrica y el trabajo de tambo, especialmente el ordeñe, empezaba muy temprano: a la una de la mañana ya estaba en pie comenzando las tareas, único modo, el madrugón, de abarcar todas las tareas rurales, cuidar los pollos, trabajar en la quinta, y muchas otras actividades con las que, aun sin pretenderlo, volvió a acostumbrarse a la ausencia del amor, el de Ramón y el de cualquier otro candidato. De todos modos nunca estaba quieta; alternaba sus días de campo con las salidas a Humboldt, a diez kilómetros, donde con su hermana iban a bailar, especialmente si era carnaval.Mucha tarea y muchos sueños alimentados, y luego desechados, se sucedieron hasta el día, seis meses más tarde, en que Sixto volvió a la casa y, entregándole el estuche azul con los anillos de compromiso, le propuso casamiento. Una vez más, Mercedes no se sintió capaz de desafiar su destino y el presente; tenía por entonces 24 años, era incapaz de abandonar a su gente y todo aquel ámbito. No se animó a desprenderse a sí misma de su tierra. Consideraba que todas las especies mueren fuera de su hábitat. Una vez más dijo “no” y, como justificativo, mientras le repetía su acongojado no, le señalaba esos campos donde aún se respiraba el espíritu de los primeros suizos. Volvieron a poner distancia el uno de la otra.Sin embargo, ni Mercedes ni la distancia pudieron impedir que Ramón, en su melancolía, quedase Merceditas Strikler Kahlow prendado de su musa. A los pocos meses, dicen que seis, Mercedes descansaba de su jornada campesina preparando la cena y escuchando la radio, cuando le llamó la atención un chamamecito. “Enseguida me di cuenta –recordaba–: la letra tenía frases enteras que Ramón me había dicho personalmente”. Al parecer, el tema Merceditas era un éxito en la Capital. Más adelante, Ríos le dedicó: Pastorcita de las flores y Las glicinas y, aunque éstas no tuvieron igual repercusión, causaron profunda emoción y nostalgia en la bella suiza de Humboldt.Pero, como suele suceder, musa y esposa parecen no ir de la mano. Mercedes no había querido casarse con Ramón, ni se casaría con nadie; y él se casó con otra, porque la soledad nunca es buena. Dicen que Ramón no se olvidó de Mercedes, aunque nunca se sabe. En cuanto a “la suiza”, por esos años además de sus tareas y de gozar de los recuerdos, disfrutaba de su soltería, era dueña y artífice de su libertad. Solía subirse a su moto, con campera de cuero y botas, echando al aire su melena rubia y la música que había inspirado; también tarareaba su chamamé cuando desafiaba el viento pero a caballo, como si aquella historia de amor fuese sólo una leyenda pueblerina.Mientras tanto a Ramón, en Buenos Aires, una vez más le fueron negadas las mieles del amor. Enviudó después de dos años de matrimonio. La Providencia, no contenta con que Ramón tuviese que olvidar a Mercedes, le imponía la tarea de olvidar a su esposa muerta. Años más tarde, una revista porteña publicaba una nota donde una tal Mercedes Strikler, confesaba ser la mujer que había inspirado al compositor Ramón Sixto Ríos en su famoso tema, Merceditas. Cuando la entrevista llegó a manos de la familia, corrieron a mostrársela a don Ramón que nada corto, aun habiendo pasado cuarenta años, le escribió reiterándole la invitación de viajar a Buenos Aires. Sólo entonces ella aceptó, y en el reencuentro por fin Ramón pudo murmurarle al oído las palabras de amor como si fuese un secreto a dos voces. El chamamé Merceditas formaba parte del paisaje musical argentino, y por ende del mundo, pero Ramón no había podido ofrecérselo aún de cerquita y al oído, como aquello que era en realidad: un poema de amor.Aún habiendo pasado cuarenta años, él le escribió reiterándole la invitación de viajar a Buenos AiresQue dulce encanto tieneen mis recuerdos Merceditasaromada florecitaamor mío de una vez.La conocí en el campoallá muy lejos, una tardedonde crecen los trigalesprovincia de Santa Fe.Así nació nuestro querercon ilusión...con mucha fepero no se por qué la florse marchitó y muriendo fue...Y amándola con loco amorasí llegué a comprenderlo que es querer, lo que es sufrirporque le di mi corazón.Como una queja erranteen la campiña va flotandoel eco vago de mi cantorecordando aquel amor...porque a pesar del tiempotranscurrido es Merceditasla leyenda que palpitaen mi nostálgica canción.Pero a veces el desencuentro no cede su sablazo. En este caso fue la muerte la que dejó ir a Ramón de los brazos de Mercedes. A “la chica suiza de Humboldt” no le quedó entre las manos nada más que el recuerdo de ser la musa inspiradora de una leyenda. La vida se le fue más rápido de lo que imaginó. Cómo saber, en realidad, qué fue lo que llevó a Mercedes a no aceptar el amor de Ramón. Tal vez, no se creyó capaz de tener algo para ofrecer a cambio de un gran amor.Lo cierto es que no le fue mejor por ser leal a sus ancestros. Empobrecida, al fin la vida se le acabó. Ni sus días de deidad inspiradora ni el reconocimiento de los suyos por cumplir con su deber, fueron atenuante o justificativo para que le fuese concedido el milagro de demorar su partida. Nadie vive sino el tiempo que le fue asignado, 84 años en su caso. Aquel domingo 8 de julio, Mercedes murió en el hospital de Esperanza. Nunca más oír los versos y la melodía de su canción; los sueños se le fueron entre los dedos, como se le había escapado el camino polvoriento de los pagos de Humboldt, al paso de su moto o de los cascos del caballo.El tiempo de la melodía, y el del amor, se le acabó sin tregua ni piedad. Una enfermedad terminal puso fin a su condición de musa y al goce que provoca la fuerza arrolladora de un amor que nunca se concreta. Sin embargo, poco antes de morir se concedió la paz a sí misma y a Ramón, que la esperaba con nuevas palabras de amor, confesando: “Simplemente, me arrepentí”. Silvia Miguens Fotos: Gentileza Diario El Litoral Ramón Sixto Ríos
Esbozo de Poema...
Aleja de mi al Poeta...
Advertía Quevedo, creo,
él fue, decido,
‘mantenerse lejos de los poetas,
son gentes a temer’.
Testaruda, o no
después de todo
no debo confiar
ni en Quevedo según Quevedo,
disparo la flecha del tiempo
no hay error posible
ni fallo,
acertamos siempre
al centro del blanco móvil.
Hoy, al otro lado,
durante la duermevela última
de mi sueño más reciente,
un Poeta,
enarbola mi flecha en alto
y exclama, o declama
su metáfora:
-…y yo respondo al juego
que mejor juego…-
...A veces los sueños,
los que de verdad soñamos,
tampoco dan tregua,
porqué habría de confiar en ellos,
en los sueños, me digo,
mientras la flecha del tiempo y yo
volvemos a dispararnos
al centro mismo del blanco
siempre móvil...
S.Miguens
Advertía Quevedo, creo,
él fue, decido,
‘mantenerse lejos de los poetas,
son gentes a temer’.
Testaruda, o no
después de todo
no debo confiar
ni en Quevedo según Quevedo,
disparo la flecha del tiempo
no hay error posible
ni fallo,
acertamos siempre
al centro del blanco móvil.
Hoy, al otro lado,
durante la duermevela última
de mi sueño más reciente,
un Poeta,
enarbola mi flecha en alto
y exclama, o declama
su metáfora:
-…y yo respondo al juego
que mejor juego…-
...A veces los sueños,
los que de verdad soñamos,
tampoco dan tregua,
porqué habría de confiar en ellos,
en los sueños, me digo,
mientras la flecha del tiempo y yo
volvemos a dispararnos
al centro mismo del blanco
siempre móvil...
S.Miguens
Flora Tristan, nómade y paria
Flora Tristán, nómada y paria
Antes de comenzar la narración de mí viaje,
debo exponer a lector la posición en que me encontraba
cuando lo emprendí y los motivos que lo determinaron.
Flora Tristán
A mediados del siglo XIX, en La Unión Obrera, su obra más relevante, Flora Tristán se dirige al mundo:
“Reclamo derechos para la mujer porque estoy convencida de que todas las desgracias del mundo proceden de este olvido; reclamo derechos para la mujer porque es el único medio para que se tome en consideración su educación y porque de la educación de la mujer depende la del hombre en general y, particularmente, la del hombre del pueblo; reclamo derechos para la mujer porque es el único medio de conseguir su rehabilitación ante la Iglesia, ante la ley y ante la sociedad y porque es necesaria esta previa rehabilitación para que los propios obreros sean rehabilitados”. (U.Obrera, F.Tristán-1843- Feminismo y Utopía -Fontamara -1977 -México)
Reclamos todos, y cada uno a lo largo de sus páginas, que no han perdido actualidad. Son de una inconmensurable vigencia; de una vigencia vergonzante. Y aunque éste de la vindicación de los derechos de la mujer, no es el tema que nos convoca, inevitablemente llegaremos a esa conclusión tratando de vislumbrar ‘el cómo y los por qué’ de Flora Tristán para tomar la decisión no solo de escribir sino de financiar la edición de La Unión Obrera, mediante suscripción voluntaria de amigos como George Sand, Víctor Considérant y muchos personajes del momento que confiaron en su ideología y el valor pera expresarla, decisión que toma dado que ninguno de los editores de la época a cuyas puertas golpeó creyeron en esos conceptos, ni en Flora Tristán. Pero la Unión Obrera y sus consecuencias, no fueron la causa de las críticas y maltratos que Flora recibiera de su familia y la sociedad, ni lo que la motivó al increíble viaje iniciático que realizó desde Francia a Perú. Viaje iniciático de una mujer “Entre dos mundos”, y en realidad el pretexto necesario para desarrollar este escrito con la sola pretensión de reflexionar una parte de la historia de las mujeres un tanto olvidada. O insuficientemente recordada.
En realidad, me animo a considerar que al fin y al cabo todo aquel viaje de Flora Tristán, de Francia a Perú, en búsqueda de su identidad, el reconocimiento familiar y por ende sus derechos hereditarios, que dieron lugar a su inmediato diario de viajes: “Peregrinaciones de una Paria”, no fueron sino el pretexto o resultado válido como para que Flora se lanzara definitivamente a enarbolar su bandera en defensa de los derechos de la mujer. Los derechos de la mujer en el seno del hogar y su lugar en la sociedad como trabajador/a. La conclusión de esa lucha, desde su condición de niña-mujer-obrera, pero muy especialmente por tener esa mirada de mujer tan necesaria en el imprescindible revisionismo histórico, repito, la conclusión a su vida inmersa en la ‘lucha de clases’, fue su obra La Unión Obrera, en el año 1843.
Flora Tristán, precursora en el tema, tuvo muy claro antes de relacionarse con los socialistas de la época, que la clase oprimida fue explotada primero por los nobles y luego por la burguesía, y tratándose de la mujer, advierte otra circunstancia que aun hoy no se ha erradicado:
“…los industriales, al ver a las obreras trabajar más aprisa y a mitad de precio, despiden cada día a los obreros de sus talleres y los reemplaza por obreras…Una vez se entra en ese campo, se despide a las mujeres para reemplazarlas por niños de doce años…Finalmente se llega a no ocupar más que niños de siete u ocho años. Dejad pasar una injusticia, pero estad seguros de que engendrará miles de ellas”. (U.Obrera, F.Tristán-1843-Feminismo Utopía/Fontamara/1977/México)
Debatiéndose sus percepciones e ideas dentro de lo que se llamaría el “socialismo utópico” y más adelante “marxismo” lo cierto, es que aunque Flora no alcanza a verlo, y se desconoce si Engels y Marx la conocieron, las ideas de la Tristán reaparecen en la teoría que Marx y Engels, tres años después de la muerte de Flora y cuatro después de la aparición de la Unión Obrera, expusieron en El Manifiesto del Partido Comunista. Por otro lado, antes que Flora Tristán ningún pensador se había planteado que el proletariado y la mujer, eran una clase Internacional, unidas por su condición en todo el mundo e igualmente enfrentada a la burguesía. Por lo tanto, Flora sostuvo que la Unión debía ser universal; esboza una Internacional de los trabajadores/as que Marx construirá veinte años más tarde. En cuanto a Engels coincidirá con ella a sabiendas, o no, en Los orígenes de la propiedad privada, la familia y el Estado, pensamiento que no pone en boca de Flora sino en boca de Fourier: “Los progresos sociales y los cambios de período se operan en razón del progreso de las mujeres hacia la libertad. (…) En resumen, la extensión de los privilegios de las mujeres es el principio general de todo progreso social”.
Ideas, las de éstos pensadores, coincidentes con las de Flora, pero con una ventaja trascendental para ella y es que Flora Tristán, sí, pudo vivenciar qué tan lejos y tan Internacional debía imponerse esa Unión, porque como Viajera entre los Dos Mundos, pudo recorrer el Sur de América, las costas del Océano Atlántico, bajo la línea del Ecuador, y luego de atravesar el Cabo de Hornos, las costas del Pacífico, Chile y Perú. Por lo tanto, claramente y en persona vislumbró y levantó testimonio de la esclavitud de los trabajadores y de ese grupo social diferenciado dentro de la burguesía y el proletariado al que denomina “otra raza”: la mujer.
¿Ficción histórica?
Es casi imposible evaluar el camino realizado por ésta mujer si consideramos las dificultades económicas en que se movía, la escasa educación formal, el gran obstáculo de los prejuicios y las distancias a recorrer. Para tratar de ponerse un poco en su piel, curiosamente, solo queda el recurso de la ficción. Apenas así puedo imaginar a Flora y sus circunstancias:
“Flora y Aline iban de la mano. Cada tanto y por un momento se detenían y miraban hacia atrás. Al fin, apuraron el paso aún a riesgo de pasar por alto la casa del señor Pagnerre, donde se dirigían para ofrecerles la suscripción a la Unión Obrera. Aquel día, habiendo abandonado la casa de la calle del Gato que Pesca, una por detrás de la otra y pegadas a la pared, caminaron unas cuadras. Cuando dieron vuelta a la esquina escucharon los cascos de un corcel y las ruedas del coche rebotando contra el empedrado. La madre atrajo a la niña contra su pecho y la cubrió con su rebozo. En un instante llegaron a la marquesina verde en el almacén de dulces. Aunque se refugió en los brazos de su madre, Aline no era débil. Sin embargo la niña se dejó arrebujar por Flora Tristán como hacen casi todas las niñas con casi todas las madres.
El carruaje pasó echando pestes y barro, inquietándoles el revoloteo de la falda. El caballo parecía huir del chasquido del látigo. Solo cuando las patas del animal alcanzaron el empedrado de la calle lateral, madre e hija sonrieron. Aline quitó una gota de sangre de los labios de Flora, que en momentos como aquellos acostumbraba a morderse la boca. Otro gesto de su madre que Aline se esforzaría en no copiar.
-Entremos… -ordenó Flora a su hija.
No faltaría la oportunidad de visitar a Pagnerre; pasarían otro día; él diría que sí a la suscripción; solo unas monedas a cambio de negarse a editar el libro en su editorial; después de todo, aunque compartían ideología, se trataba de un manifiesto obrero escrito por una mujer. Descabellada idea de una osada mujer. Qué editor se animaría a tanto en el 1843. Sin embargo, con Chazal pisándole los talones, Flora había olvidado el rechazo del editor socialista.
-Tampoco estará Masson…
-No. Seguro que Alphonse duerme aun, prendado de alguno de sus cuadros o en brazos de la musa. Comamos algo mientras tanto...
-No debemos gastar dinero en dulces, mamá.
-No usaremos el dinero de la suscripción, solo las monedas que he cobrado por cuidar al niño Delecuse. Además, Aline, es el almuerzo de dos mujeres en su jornada laboral. Nos lo hemos ganado… –dijo dando unos golpecitos en la mesa.
-¿Señora…?
-Monsieur Michel, por favor, nos trae leche tibia con cocoa, pan tostado y miel. Nada mejor que el aroma del pan tostado…
-Debemos apurarnos, madre. Nos espera en la editorial el señor Lefevre y el abogado Chénier, el ministro Martínez de la Rosa y don Frederick-Lamaitre, que más tarde estará en el teatro, atareado con el estreno de su pieza...
-Seguramente estarán mañana en lo de Aurore que ha ofrecido una comida para ayudarnos a financiar la edición…
-¿Aurore o George Sand, mamita?.
-Es una cobardía que Aurore, una mujer, firme sus escritos como hombre no se si reniega por ser mujer o escritora…
Al rato, reconfortadas por la leche tibia y el pan tostado ni bien atravesaron la puerta volvieron a endurecer el semblante. La calle era una amenaza, les anunciaba la probable presencia André Chazal. Chazal volvía a las andadas una y otra vez, mucho más después de la confesión que hiciera Aline denunciando el abuso sexual de su padre. ¿Qué más debe hacer un hombre para que le caiga el peso de la ley?, preguntaba Flora en cada uno de los mostradores en que a la par de su hija elevaba su reclamo de mujer abusada.
Pero no hubo juez ni abogado que pudiera responder. Al fin, fue el mismo Chazal quien dio la respuesta. Una tarde madre e hija caminaban por la calle cuando André se lanzó de un coche y le disparó un tiro. De inmediato la gente rodeó a Flora, ensangrentada y en el suelo. Aunque al principio creyeron que se trataba de George Sand agredida por uno de sus despechados amantes. En medio de la confusión, Flora, fue trasladada al hospital y Chazál a la cárcel. Solo entonces la ley pareció ponerse del lado de la mujer.”
¿Realidad histórica?
Flore Celestine Thérèse Henriette Tristán Moscoso -conocida como Flora y de la que German Arciniegas dijo: “…pertenece a esa raza de gentes americanas que son así: medio locas, libertadoras, geniales” (Peregrinaciones de una paria, Villegas Editores-2003-Bogota. Pag. 9), nació el 7 de abril en 1803, en París y fue concebida en pleno período napoleónico, el de los emprendimientos audaces, el de la imaginación, el idealismo y la locura. La pequeña nació amparo del más absoluto romanticismo. Su madre fue Thérèse Anne-Pierre Laisney y su padre, un coronel peruano de la armada española, don Mariano Tristán y Moscoso, proveniente de una poderosa familia del Perú.
Al parecer, Mariano y Thérèse, se conocieron y se enamoraron en Bilbao, donde ambos se habían refugiado a causa de la revolución. Se unieron en un matrimonio religioso con un sacerdote expatriado, como ellos. Por lo tanto, para la ley, Flora, era la hija bastarda de don Mariano Tristán y Moscoso. Cuando la niña rondaba los cinco años, don Mariano murió y la falta de documentos que certificaran el matrimonio y su nacimiento, sumió a Anne-Marie y a Flora, en la pobreza. El estado francés revolucionario no reconocía el matrimonio ‘solo’ religioso, motivo por el cual se les negó todo tipo de derechos. De inmediato las echaron de la propiedad que ocupaban en Vaugirard y todas sus pertenencias fueron enviadas a don Pío Tristán y Moscoso, hermano de su padre, en el Perú.
El único documento que podía esgrimir Thérèse era una carta de Simón Bolívar, fechada en 1807, que ratificaba la unión de los padres de Flora:
“Di a Mariano –pide Simón Bolívar- que yo lo amaré siempre, que haré el largo viaje de Caracas al Perú, aunque más no sea para dar noticias a su familia; que abrazaré a su hermano don Pío con tanto afecto como podría hacerlo él mismo. Después de todo lo que nos ha dicho de él, ese Pío debe ser un hombre muy amable.” (Peregrinaciones de una paria, Villegas Editores-2003-Bogota)
Sin embargo nada cambió. Thérèse Laisnay, alquiló una casita en los alrededores de la plaza Maubert, un barrio pobre de París. Por esos tiempos Flora toma clases de dibujo y muy pronto, en el 1819, empieza a trabajar como obrera colorista en el taller de grabado y litografía de André Chazal, con quien contrae matrimonio un 3 de Febrero de 1821.
“…Regresamos a París, en donde mi madre me obligó a casar con un hombre a quien no podía amar ni estimar. A esta unión debo todos mis males” (Tristán, Peregrinaciones de una Paria, Villegas Editores-2003-Bogota)
Entre las primeras cartas de Flora, de las que se tiene noticia, existen dos dirigidas a Chazal escritas durante el mes anterior al matrimonio:
“París, 3 de Enero de 1821; Quisiera ser una mujer perfecta, se sabe que no podré. (…) Deseo ser tratada por mi madre como yo seré con mis hijos, en fin, deseo ser buena con todo el mundo. Quisiera ser filósofa, pero de una manera tan dulce, tan amable como todos los hombres deseen en una mujer filósofa. Adiós!!, te abandono porque mi lámpara me abandonó y no tengo deseos de encenderla; pero pienso en ti, y olvido la miseria. Flora” (Tristán, La Paria et son reve, Presses Sorbonne Nouvelle- 2003- Traduc.S.Miguens. Pag. 44)
Y, unos días más tarde…
“París, 12 de Enero de 1821;Yo te diría, mi querido, que esta velada que deseaba tanto, quisiera que aun estuviese por venir, pues sufro dolores terribles. (…) Adiós amigo de mi corazón; en la mañana, cómo golpeaba este corazón; te buscaba los ojos, mi boca buscaba la tuya, mis brazos buscaban acercarte a mi pecho, ese pecho que no conoce el placer sino por a ti. Pero adiós! Yo juro amarte siempre y por curarte tanto de placer como te he dado de penas, adiós! (…) entonces, amigo de mi alma, no pude abandonarte, (…) por todo eso que me cuesta decirte adiós. Flora” (La Paria et son reve, Flora Tristán Presses Sorbonne Nouvelle,2003- Traduc. S.Miguens. Pag.44)
En ese estado de cosas, nació su primer hijo. Durante la convalecencia del alumbramiento, Flora, lee a Saint Simon (Du Système Industriel ) y a Chateaubriand. En los próximos tres años, Flora, debatiéndose entre la libertad y el maltrato de Chazal, da a luz a Ernest-Camille y a Aline que nace un 16 de octubre del 1825. Pero en medio de la violencia de Chazal y las no menores exigencias maternas, no abandona la lectura. Durante la convalecencia del nacimiento de Aline, Flora lee la Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Woollstonecraft. Encuentra en los escritos de la feminista un modelo de mujer y ratifica la visión de sí misma como un apéndice de su marido.
Flora, ya no duda que el matrimonio es una institución que no tolera ni debe tolerar, una simple transacción comercial en la que una mujer es vendida a un hombre y se convierte en poco menos que su esclava. Pero no ve salida digna a su situación, pues la Restauración había abolido el divorcio. Su experiencia personal y la vivida a través de su madre le provoca, además, un gran rechazo al sexo y a la maternidad. Los considera el instrumento legal con que el hombre puede avasallar y someter a la mujer. Apenas cumple los veintidós años lleva a cabo el acto más audaz de su vida, el primero en realidad que le confirma su condición de paria y un destino abocado a la rebeldía: abandona el hogar conyugal según se comenta. En realidad escapa con sus hijos del maltrato doméstico y la falta de libertad.
¿Paria o nómada?
Empieza su peregrinaje, en realidad ‘continúa’ ese peregrinaje y su vida de paria. Se hace pasar por viuda y empieza a trabajar en una confitería. Como era de esperar, Chazal y su propia madre no están de acuerdo. Inicia una batalla legal por la custodia de los hijos con tres frentes a combatir, Chazal, los abogados y la sociedad. Batalla que dura 12 años. Los abogados a los que consulta le dicen que lo que le sucede es lo normal a toda mujer, que es común la actitud de Chazal, que no se considera maltrato el del marido, que no existe nada que pueda hacerse por la vía legal. Entre el 1826 y el 1928, trabaja como doncella con una familia inglesa y viaja por Suiza, Alemania, Italia e Inglaterra. Cuando regresa a París logra la separación de bienes y como resultado de esa separación, debe pagar la pensión y manutención de los niños. Chazal va a la cárcel cuando le pega un tiro. Solo entonces ella y sus hijos vive tranquilos, pero la situación económica es intolerable. Para colmo de males muere su hijo mayor. Más adelante escribió:
“Tenía veinte años cuando me separé de ese hombre, hacía seis años, en 1833, que duraba la separación y cuatro solamente que había yo entrado en correspondencia con mi familia de Perú. Supe durante esos seis años de aislamiento todo lo que esta condenada a sufrir la mujer que se separa de su marido, en una sociedad que por la más absurda de las contradicciones, ha conservado viejos prejuicios contra las mujeres que se hallan en esta posición, después de haber abolido el divorcio y hecho casi imposible la separación”. (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán- Villegas Editores-2003)
Al poco tiempo conoce a Zacharie Chabrié, de la marina mercante que dice conocer en Perú a la familia de Pío Tristán y le sugiere escribir una carta que él mismo puede poner en manos del tío peruano. Flora regresa a Burdeos y se pone en contacto con un pariente lejano de la familia Tristán, don Mariano de Goyeneche, primo de Mariano Tristán. Cuando se encuentran, Goyeneche no puede menos que sorprenderse del parecido de Flora con la familia Tristán. Escribe la primera carta a los Tristán:
“París, corriendo el año de 1829, Monsieur, es la hija de su hermano, de aquel Mariano querido por Usted, quien toma la libertad de escribirle. Me gustaría creer que Usted ignora mi existencia y que de las mas de veinte cartas que mi madre le ha escrito, durante diez años, ninguna le ha llegado. Sin este último presentimiento que me deja al colmo del infortunio, jamás me dirigiría a usted. He encontrado una ocasión segura para hacer llegar esta carta, y tengo la esperanza que Usted no será insensible. Tengo mi constancia de bautismo; si le queda alguna duda, el célebre Bolívar, amigo íntimo de los autores de mis días, podrá esclarecerlas. (Simón Bolívar era ya el Libertador) Él me ha visto levantar por mi padre, él frecuentaba habitualmente la casa. Usted podrá también ver a su amigo, conocido por nosotros bajo el nombre de Robinson (Simón Rodríguez maestro e ideólogo de Bolívar). Voy a exponerle los hechos: Para sustraerse de los horrores de la Revolución, mi madre viajó a España con una dama de la familia de sus padres. Esa dama se había establecido en Bilbao. Mi padre se hace amigo de ella y de esa amistad bien pronto nace un amor irresistible que les hace volverse necesarios el uno al otro. Ellas regresan a Francia en 1802 y mi padre las sigue. Como militar, vuestro hermano necesitaba permiso del Rey para casarse; pero no deseaba pedir ese permiso (respeto demasiado la memoria de mi padre para buscar de adivinar cuales pudieron se los motivos). Él propuso entonces a mi madre unirse a ella por un matrimonio religioso (matrimonio que no tiene ningún valor en Francia). Mi madre que siente que en adelante no podrá vivir sin él acepta esta proposición. La bendición nupcial les fue dada por un respetable eclesiástico M. Roncelin, que conoce a mi madre desde su infancia. Los esposos viven en París. A la muerte de mi padre, M. Adam, de Bilbao, más adelante diputado de las Cortes, que había conocido a mi madre tanto en España como en Francia, como a la esposa legal de don Mariano de Tristán, le envía un acta notarial firmada por mas de diez personas, todas manifiestan haberla conocido bajo el mismo título. Usted sabe que entonces mi padre tenía por toda fortuna solo la renta de 6000 F, que su tío el arzobispo de Granada, le había dejado a título de primogénito de la familia Tristán. El ha recibido también algunas sumas que usted le ha enviado; pero las más considerables se han perdido: 20000 francos fueron tomados por los ingleses, y 10000 desaparecieron con el buque la Minerva. No obstante, gracias a la economía de mi madre, mi padre tenía una vida fuertemente honorable. Trece meses antes de su muerte, el comprar una casa en Vaugirard, cerca de París. Después que el muere, el embajador M, príncipe de Masserano, se adueña de todos sus papeles. Usted debe haberlos recibido por la intermediación del embajador de España, y con ellos el contrato de adquisición de la mencionada casa. Mi padre había pagado en parte esta propiedad y ella hubiera ayudado a estudiar a mi hermano y a mí. (…) Usted debe sentir, señor, cuanto ha sufrido mi pobre madre, quedando sin fortuna, y cargando con dos niños; mi hermano ha vivido diez años. Y bien! A pesar de todo este desastre en el que ella se encuentre, no desea más que restablecer la intachable memoria de aquel que ha sido el objeto de sus más tiernos afectos. (…) Yo no deseo, señor, sino que tenga conocimiento de las desdichas, de las que le he dado un débil bosquejo de los tratos de los que usted puede descubrir los detalles!. Vuestra alma, sensible al recuerdo de un hermano que usted amaba como a su hijo, sufriría demasiado midiendo la distancia que existe entre mi suerte y la de aquel que hubiera debido tener la hija de Mariano…., de su hermano que, golpeado como por un flechazo por una muerte súbita y prematura (una apoplejía fulminante) (…) Le pido su protección y le ruego amarme como la hija de vuestro hermano Mariano. Vuestra muy humilde y obediente servidora. Flora Tristán” (La paria et son reve, Flora Tristán, Presses Sorbonne Nouvelle-París-2003-Trad. S.Miguens. Pag.45)
En 1832, Chazal aun la perseguía, Flora escribió:
“Las persecuciones del señor Chazal me obligaron en distintas ocasiones a huir de París. Cuando mi hijo cumplió ocho años insistió en tenerlo a su lado y me ofreció el descanso en esa ocasión.(…) Durante más de seis meses, oculta bajo un nombre supuesto, anduve errante con mi pobre hijita. (…) Resolví ir a Perú y refugiarme en el seno de mi familia paterna, con la esperanza de encontrar allí una posición que me permitiese entrar de nuevo en la sociedad” (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán, VillegasEditores, 2003-Bogotá).
Del Viejo al Nuevo Mundo…
Estando en Burdeos, en febrero de 1833, sabe que hay tres navíos próximos a zarpar a Valparaíso, entre ellos el Mexicain. Le presentan al capitán del Mexicain, es Chabrié, aquel capitán con el que tanto habían conversado en París. Sabía que cualquier pequeña cosa sería tomada sospechosa o en contra de una mujer que viaja sola, por eso decidió aceptar la propuesta de Goyeneche, de viajar en ese barco. No sin antes sincerarse con Chabrié:
“Lo que le pido, es simplemente olvidar que me ha conocido en París con el nombre de señora y con mi hija. Le explicaré a bordo la razón (…) hasta la partida, hable de mi como si me hubiese visto por primera vez”. Escribe en sus memorias: “Puedo decirlo, esta primera visita de Chabrié es uno de los recuerdos más felices que conservo en el corazón”. (Peregrinaciones de una paria-Flora Tristán- Villegas Editores-2003-Bogotá)
El Mexicain se da a la mar el 7 de Abril. Flora cumplía 30 años y se embarcaba con veinte hombres en un viaje que duraría 4 meses. Nada dijo a Goyeneche de su condición de mujer casada y con hijos; tampoco a Felipe Bertera, encargado de los negocios de su tío, con quien mantuvo un romance breve. Tampoco cuenta acerca de la amenaza y persecución de Chazal. Sabía que toda esa historia no actuaría en su contra, sería otro impedimento familiar.
“La raza mujer - solía decir- está sometida al hombre para siempre… no puede ser libre, depende legalmente de su marido puesto que la ley no autoriza el divorcio”. Su misma familia, el hermano de su madre, el tío Laisney, abjura de Flora: “Una esposa que huye del domicilio conyugal y se lleva los frutos del matrimonio, no tiene lugar en la sociedad: es una paria” (Unión Obrera-Tristán-1843- Feminismo y Utopía-Fontamara-1977-México)
En efecto, más adelante y por siempre Flora Tristán sostiene: “Yo no soy sino una paria”. Y como paria, en busca de un futuro que siempre esta en otra parte, se entrega a las vicisitudes que le impone el Méxicain; cruza el Atlántico, atraviesa el canal de Beagle y arriba a Valparaíso, donde se entera de la muerte de su abuela. El desánimo vuelve a invadirla. Pero no todo le es adverso. En el viaje en medio de ternuras y enamoramiento Chabrié le propone matrimonio. Ella duda. Al fin se despiden. Lloran. Ha sido solo un romance de viajeros. Flora no podía amar a nadie por el momento, solo se veía a sí misma como una conquistadora que iba tras el verdadero oro del Perú: su identidad, el reconocimiento familiar y la parte de herencia que le correspondía por su padre.
Al fin llega a Lima y en enero de 1834, conocer a su tío. Pero Flora Tristán que en la calle del Gato que Pesca y para los franceses era ‘muy peruanita’, para los peruanos nunca dejaría de ser ‘la francesita’. En todas partes Flora era una mezcla de franco-peruana que enfrentaba sin pudor a la oligarquía, a la jerarquía, a la abogacía, a los hacedores de la ley, a la clerecía, a la beatería. Los días en Perú fueron difíciles; es bien recibida por toda la familia menos por su tío del que solo logra algunas impresiones que no le resultan demasiado alentadoras y una pequeña renta.
“Don Pío Tristán –según Germán de Arciniegas –era un gran señor y un sinvergüenza. Último virrey, ya en la República quería ser, y lo fue, de los herederos de la Corona. Cuando vino Bolívar, don Pío contribuyó al fondo de la guerra de Independencia con lágrimas de usurero. Según Flora, los realistas miraban a don Pío como a un traidor y los republicanos con justísima desconfianza: Amaba al antiguo partido por afición y servía al nuevo por interés. Flora hizo una acertada lectura de la situación de mucho peninsulares y muchos criollos por aquel tiempos, a escasos 10 años que con la batalla de Ayacucho se puso punto el final a los generales realistas. Flora define a su tío y a los peruanos en general: “Tal es el carácter peruano: vanidoso, fanfarrón, crédulo; destroza todo con la palabra y es tan incapaz de la firmeza en la acción como de perseverancia en una resolución valerosa”. (Peregrinaciones de una Paria, Flora Tristán-Villegas Editores-2003-Bogotá)
En esos tiempos poco felices en casa de los Tristán, conoce al coronel Escudero, periodista y militar, secretario de doña Pencha de Gamarra, promotora de la revolución de ese año en Perú y esposa del presidente que acaban de deponer. Las desavenencias con su tío, que se niega a reconocerla como su sobrina legal a pesar de que comprueba que Flora tiene un profundo parecido con su hermano y todos los Tristán, le causa una profunda tristeza.
“Mi tío, poco antes de la muerte de mi abuela, le hizo hacer un testamento en el cual su esposa quedaba beneficiada con veinte mil pesos y en el que yo estaba incluida con un legado de tres mil pesos. Ese testamento era muy largo y mi abuela, que tenía ciega confianza en su hijo Pío, lo firmó sin conocer sus disposiciones. Yo no estaba designada como ‘la hija de don Mariano’ sino como ‘Florita’, sin que se pudiese saber a qué título se me hacía esa donación”. (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán,Villegas Editores-2003,Bogota)
Sumida en una gran depresión vuelve al Werther, de Goethe, que la enfrenta a la posibilidad del suicidio. Regresa a París cargada de experiencias y sentimientos encontrados que la enfrentan a una disyuntiva aun mayor: la escritura. Contar su historia, contar la situación en la que las mujeres en Brasil, Chile y Perú aun en la clase alta viven casi en estado de esclavitud o sometimiento absoluto, y no puede dejar de observar la esclavitud del hombre. Para dar testimonio de lo visto y vivido, para empezar apela a un relato de viajes, estilo tan en boga en ese momento sin dejar de lado el romanticismo que la época le impone, Peregrinaciones de una paria.
Del Nuevo al Viejo Mundo…
Así, del infiernito de Arequipa y los Tristán, Flora regresa su gran infierno de París. Echaba chispas, ratificaba una y mil veces su condición de paria, tal vez por eso, se ve a sí misma dentro de ese halo de romanticismo parisino, haciendo parte del entorno que rodea a los intelectuales, entre ellos a otra gran paria, George Sand. El 10 de febrero de 1837, le escribe en respuesta a una carta de la escritora:
“No puedo demorar mucho tiempo, Madame, pese al estado de sufrimiento en que me encuentro, a efectos de la gripe, para responder vuestra carta, tan buena para mi, y que deja en mi corazón un sentimiento de dicha. Gracias, Madame, mil veces gracias por toda la benevolencia que usted me manifiesta. (…) Hágame saber, le ruego, en qué época cuenta usted cuenta estar en París, porque me sentiría desolada de no encontrarme para entonces. Estoy aun muy enferma para poder responder al principal objeto de su carta.; espero que tenga a bien disculparme por la brevedad de la mía, espero que mi salud me permita responderle de un modo especial a la suya. Adiós, madame, acepte mis sinceros agradecimientos y la expresión de la gran admiración que yo profeso por vuestro admirable talento. Flora Tristán, febrero de 1837. (Tristán, La paria et son reve, Presses Sorbonne Nouvelle-París-2003-Traduc. S.Miguens- Pág. 72)
Flora y Aurore o George Sand, empiezan una amistad que por cierto nunca sería sencilla de sobrellevar. Por esos días, Flora corregía las pruebas de su ensayo, De la necesidad de dar buena acogida a las mujeres extranjeras, que había comenzado a escribir en el viaje de regreso. Entra de lleno en el ambiente literario y en el político. Conoce a Fourier, de 63 años, es la primera vez que lo ve y a él le entrega su ensayo que se publicará más adelante.
Por otro lado, los ataques de Chazal que no solo han interferido en su vida sino en la escritura de Peregrinaciones de una paria y refuerzan sus conceptos. Aline confiesa a Flora que su padre le da miedo, que ha abusado de ella tratando de tomar revancha. Ambas se escapan. Chazal la hace detener. Entre las amenazas y peleas de ambos cónyuges la niña es puesta en custodia en una pensión. Pero se escapa y una vez más busca a Flora. Chazal la manda a buscar con la policía. Otra vez, Flora, se encuentra impotente con la prepotencia de la ley, que solo favorece al hombre. Aline da más pruebas de que su padre abusó de ella. Flora lo denuncia y es encarcelado, por 60 días. No contento con la situación, Chazal denuncia a Flora acusándola de adúltera, vagabunda e intrigante haciendo referencia a que para colmo Flora escribe sus memorias de viaje.
En 1837, Tristán envió a la Cámara de diputados francesa su Pétition pour le reétablissement du divorce. Documento donde protesta contra la prohibición del divorcio por el código napoleónico. Apoya su defensa según los derechos que se establecieron durante la revolución de 1789 y dice, que Dios no estableció la indisolubilidad matrimonial y que el divorcio daría garantías a la mujer de un mejor en el matrimonio. La ley de divorcio, instaurada en Francia en 1792, fue anulada en 1816 y no será reinstaurada hasta el 1884.
La separación de cuerpos que logra Flora, no ha logrado cambiar los deberes del matrimonio, entre ellos: la fidelidad. No obstante lo intrincado de esta situación con Chazal, a la que se le suma el gran dolor por la muerte de Fourier, el 11 de Octubre de ese año 1837, Flora no deja de deslumbrándose con lo que la rodea. Conoce a Víctor Considérant, el más importante de los dirigentes fourieristas y a Robert Owen, de 56 años, en una visita de éste a París. Hace amistad con la poeta Marceline Desbordes-Valmore, el doctor Evrat, el abogado Duclos y el pintor Jules Laure con quien inicia una relación amorosa que le uno de sus personajes, el ‘proletario’ de Méphis.
El 20 de diciembre, envía a varios diputados liberales su Petición para el restablecimiento del divorcio, pero no logra que la ley sea restituida y en lo personal, solo consigue en febrero del siguiente año, el pronunciamiento judicial de la separación de cuerpos de su matrimonio con Chazal. Nunca quieto ni contento con el fallo, Chazal no deja de perseguirla y acosarla hasta que le dispara un tiro; la bala, que se había alojado bajo el pecho izquierdo es imposible de extraer. Este episodio por fin, lleva a Chazal a juicio. La situación despierta gran curiosidad y consideración general. Solo entonces (y gracias al mismo Chazal) su caso comienza a tomar notoriedad, por lo tanto también sus escritos. Flora, envía a varios diputados, una Petición que tiende a la abolición de la pena de muerte; en octubre el periódico El Artista publica su artículo El arte desde el Renacimiento. Flora edita su libro Peregrinaciones de una paria, y poco después Méphis o el proletario. Se da a conocer la Carta del pueblo, aprobada por la Working Men’s Association y es evaluada y discutida por los socialistas en París. La repercusión del juicio contra Chazal incentiva la difusión y venta de sus libros.
Permanece en Londres por tres meses. Asiste a una reunión secreta en que se lleva a cabo la Convención nacional de ‘cartistas’, dirigida por William Lovett, fundador del movimiento y dirigente con quien queda especialmente impresionada. Se dedica a recorrer las industrias inglesas, los barrios obreros acercándose a aquellas familias con quienes comparte la vida cotidiana y la ideología. Muy de cerca ve las miserias acumuladas por siglos y cubiertas por el oro de una Corona que iba cubriéndose con rubíes de la India, con diamantes de África.
Flora, se viste de hombre para presenciar una de las sesiones del Parlamento, y ahí conoce a O’Connell y a O’Connor y como conclusión escribe:
"La esclavitud no es a mis ojos el más grande de los infortunios humanos desde que conozco el proletariado inglés". (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán, Villegas Editores-2003,Bogota)
Finalmente, en 1839, Chazal es condenado a 20 años de trabajos forzados, y para Flora llega al fin algo de tranquilidad. Obtiene del Ministro de Justicia el derecho de recuperar el apellido Tristán y como tal nombra a sus hijos. Escribe su famosa Carta a Olimpia; comienza a escribir Paseos por Londres que se edita en el 1840 y casi de inmediato vende dos ediciones, decide entonces una tercera edición a precios populares, publica un extracto de esa obra que titula La ciudad monstruo.
Siempre se reconocerá a sí misma una ‘paria’. Un ‘Ser humano’ al que se excluye de todo derecho, por ser mujer y más aún por ser una mujer trabajadora, obrera y escritora. Pero nunca bajó los brazos. En esas primeras incursiones en Inglaterra retoma la obra Mary Wollstonecraft, aunque se interesa aún más por cierta autora teatral y activista revolucionaria Olimpia de Goughes (1748-1793) que había sido protagonista de la contestación femenina, en Francia, publicando en 1791 publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana; de hecho, un calco de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano aprobada por la Asamblea Nacional en agosto de 1789:
"Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos (...) reconocen y declaran (...) los siguientes derechos del hombre y del ciudadano. Las madres, las hijas y las hermanas, representantes de la nación, piden ser constituidas en Asamblea Nacional. Considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una solemne declaración los derechos naturales, inalienables y sagrados de la mujer. (Fanny Edelman, Feminismo y Marxismo-2001-Buenos Aires)
Nada de esto era ajeno a Flora, tampoco las consecuencias que tocan padecer a las mujeres. Al año siguiente del crimen de Olimpya de Goughes en 1792, Mary Wollstonecraft (1759-1797) inició con su obra Vindicación de los Derechos de la Mujer la larga tradición del feminismo anglosajón. Contraria al absolutismo de los reyes, la Wollstonecraft marca la relación entre ese sistema político y las relaciones de poder entre los sexos, dada la verdadera tiranía absolutista ejercida por los hombres sobre las mujeres en el ámbito de la familia y la casa. Para Wollstonecraft, la clave para superar la subordinación femenina era el acceso a la educación.
“… el matrimonio no se considerará nunca sagrado hasta que las mujeres, educándose junto con los hombres, no estén preparadas para ser sus compañeras, en lugar de ser únicamente sus amantes”. (Mary Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer - Madrid, 1977, Ed. Debate)”
Es curioso como aún en nuestros días se debaten aquellas cuestiones que, por otro lado, no solo se tenían en cuenta a fines del siglo XVIII y en los comienzos del XIX, en el Viejo Mundo sino que en el Nuevo Mundo, a la par de Flora Tristán y tal vez con la mismas lecturas pero sobre todo como resultado de maltratos similares, otras mujeres escritoras, viajeras, parias y nómadas, bregaban por las mismas causas: Juana Paula Manso, en Argentina; Harriet Beecher Stowe, en Estados Unidos; Nisia Floresta Augusta, en Brasil y tantas otras. Claro que éstas americanas, por entonces, no tenían muchas posibilidades de hacerse escuchar mucho más allá de su pequeño entorno y algunas escasas lecturas. Flora, no solo tuvo acceso a la notoriedad, fue su más inmediata seguidora Pauline Roland quien dio a conocer su pensamiento en la revolución de 1848.
Por esa razón, la mirada que Flora Tristán impone a su viaje entre los dos mundos y desarrolla en su diario de viaje: Peregrinaciones de una Paria, resulta de suma importancia en la historia de las mujeres. Por eso también su insistencia con respecto a la imperiosa necesidad y obligación de las mujeres de contar por escrito sus historias personales en su diario, y para ello qué mejor experiencia que la de un diario de Viajes. Imprescindible que escriban día a día porque su diario-decía Flora- porque será testimonio y reflejo por siempre del período que a cada una le tocó vivir.
En el caso de Flora Tristán ‘el diario’ es la conclusión conque Flora intenta cerrar el viaje que había emprendido al Perú, aquel 7 de abril de 1833 cuando cumplió sus 30 años, en busca de su herencia, de sus identidad, de sus raíces, de su lugar en el mundo. En Peregrinaciones de una Paria cuenta su vida y la de otras mujeres:
“…dejaba la casa donde había nacido mi padre y donde había creído poder encontrar refugio; durante los siete meses en que la había habitado, había hallado la morada de un extraño. Huía de esa casa donde me habían tolerado sin adoptarme; huía de las torturas morales que había sentido y de las sugerencias que allí me había inspirado la desesperación: ¿huía hacia donde?… lo ignoraba. No tenía un plan y cansada de las decepciones, no hacía proyectos: dejada de lado por todos, sin familia, sin fortuna ni profesión, sin siquiera un nombre propio, partía al azar como un globo en el espacio que va a caer allí donde el viento lo lleva”. (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán -Villegas Editores-2003-Bogota)
Gracias a ese viaje, y a su destino de paria, Flora Tristán tomó conciencia no solo de su situación, sino de la situación de la mujer en las distintas clases sociales que existían en el Viejo y en el Nuevo Mundo; hasta que llegó a casa de su familia peruana solo había conocido y frecuentado el maltrato en la pobreza, pudo entonces darse cuenta que no es menor el maltrato o la marginación de la mujer en las clases altas.
Observó en Perú, la existencia de unas mujeres, las “ravañas”, indias que acompañaban a los soldados, iban armadas y llevaban a sus hijos, se aprovisionaban, si era necesario a la fuerza, en los pueblos que iban atravesando. No pertenecían a ningún hombre en particular solo se acercaban a aquel con quien preferían estar. ¿Qué era aquello de elegir? Un privilegio que no estaba dado para las señoras de la sociedad, sí para las “ravañas”. Por su situación marital y lo que vislumbra en las mujeres de su familia, sabe que su condición de mujer la ubica en la sociedad como ciudadana de segunda. Se ve a sí misma y a las demás, en situación de semi-esclavitud. Imposible salir de esa situación sin educación porque solo así la mujer adquiere conciencia de sus derechos. Veamos una de sus miradas:
“Arequipa es una de las ciudades de Perú que alberga mayor número de conventos de hombres y mujeres. (…) se podría creer que si la paz y la felicidad habitan sobre la tierra, es en estos asilos del señor, (…) en el recinto de aquellos monumentos no se encuentran más que agitaciones febriles (…) iba a menudo a sentarme al mirador de nuestra casa (…) me gustaba pasear la vista desde el valle que este riega hasta los dos magníficos conventos de Santa Catalina y Santa Rosa. (…) era en este claustro donde se había desarrollado un drama lleno de interés, cuya heroína era una joven hermosa, tierna y desgraciada. Era mi parienta. (…) hacía ya dos años que se había evadido del convento, (…) me provocaba el vivo deseo de conocer el interior del convento en donde la desgraciada había languidecido durante once años. (…) la dureza del calzado le hería los pies y su largo velo negro de lana, siempre caído, era para ella la tapa que encierra vivo al cataléptico dentro del ataúd. (…) pero un voto terrible, solemne, que ningún poder humano podía romper, la privaba para siempre…(…) a los dieciséis, Dominga, había querido renunciar al mundo (por abandono de su prometido). (…) Allí reinan con todo su poder las jerarquías del nacimiento, de los títulos, de los colores de la piel y de las fortunas, y estas no son vanas clasificaciones. (…) Santa Rosa es uno de los conventos más grandes y ricos de Arequipa. (…) Al tomar el velo en la orden de las Carmelitas, las religiosas de Santa Rosa hacen voto de pobreza y de silencio. Cuando se encuentran, la una debe decir “Hermanas, tenemos que morir”, y la otra responde “Hermana, la muerte es nuestra liberación”. (…) La superiora me recibió con mucha distinción (…) Nacida en Sevilla, vino a Arequipa a la edad de siete años. Su padre la recluyó en Santa Rosa para educarse y desde entonces no ha salido. (…)-¡Ay! Mi querida niña -me dijo- estoy demasiado vieja, ya mi tiempo se acabó, pero si tuviese tan solo treinta años me iría con usted. (…) Al hablarme de Dominga me dijo: -Esta joven estaba poseída por el demonio y estoy contenta de que el diablo haya escogido mi convento”. (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán, Villegas Editores-2003-Bogota)
Con su mirada Flora toma a la mujer y a su entorno como parámetro y testimonio social. Por ese mismo motivo, es probable que su viaje y en Perú, hubiera conocido de oídas a otra gran mujer, una ecuatoriana llamada Manuela Sáenz que por esos años estaba recluida o exilada en el Puerto de Paita. Cómo podría no saber de la existencia de la más ‘mujer’ de las amantes de Simón Bolívar, aquel americano que la había acunado de niña en París; el Libertador, el independista, el gran amo y señor de los americanos que hacía apenas unos años había muerto en Santa Marta, Colombia. La Libertadora del Libertador, Manuela Sáenz, la otra paria, que según decían, por esos años a escasos tres años de la muerte de Bolívar, vivía recluida en el puerto de Paita, un pueblito perdido de Perú.
El aporte de Flora con relación al maltrato de la mujer, fue en relación a la mujer americana. Tema que no era novedad en Europa. Olimpya de Goughes lo venía advirtiendo desde 1791. Se había manifestado claramente contra la represión jacobina, contra Robespierre y Marat. Fue acusada de ser una realista reaccionaria y guillotinada en 1793. En vida las cosas no le fueron menos graves. Nacida en 1745, hija de un carnicero y una lavandera, fue casada con un anciano rico, quedó viuda y con dinero suficiente para mantenerse desde 1788, en París, viviendo además de los precarios ingresos como escritora. Pobremente educada, igual que Flora, sus textos no la convirtieron en una autora de éxito pero fueron tan comprometidos como para hacerle ganar la guillotina. Las obras de Olimpya de Goughes fueron feministas y revolucionarias. En su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana sostiene:
“…la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos”. Olimpya denunciaba el olvido de las mujeres por parte de la revolución francesa en su proyecto igualitario y liberador. Afirmando que: “la mujer nace libre y debe permanecer igual al hombre en derechos (…) todas las Ciudadanas y Ciudadanos deben contribuir, personalmente o por medio de sus representantes, a su formación.” (Fanny Edelman, Feminismo y Marxismo-2001-Buenos Aires)
Igual que Olimpya y casi todas las grandes mujeres de la época, Flora Tristán fue autodidacta. Con una pobre educación su prepotencia de trabajo y su afán por la lectura contestataria le proporcionaron la letra y la palabra.
“Acabo de demostrar que la ignorancia de las mujeres del pueblo tiene las consecuencia más funestas. Sostengo que la emancipación de los obreros es imposible en tanto que las mujeres permanezcan en estado de embrutecimiento”. (Unión Obrera, Flora Tristán-1843- Feminismo y Utopía –Fontamara-1977-México)
Flora fue la gran pionera del feminismo socialista. Vio la luz y vivió sus primeros años entre utopías, y utopistas, acunada al calor de sus ideas y entre sus brazos como sucedió con Simón Bolívar y Simón Rodríguez, que eran amigos íntimos de sus padres. Tal vez por eso a Flora no le pasaron inadvertidos los escritos de Saint Simon, Fourier, Owen, Bakounin, Woolstonecraft y de Goughes. Sin embargo, no siguió al pie de la letra ningún discurso ajeno. Flora se opuso se enfrentó a la misoginia de los primeros ideólogos del movimiento obrero como Ferdinand Lasalle (1825-1864), o Pierre Joseph Proudhon (1809-1864) quien afirmaba que: “no hay otra alternativa para las mujeres que la de ser amas de casa o prostitutas”.
Por este tipo de conceptos vertidos por los ‘hombres sabios’ de esa y de toda época, hasta a sus ideólogos Flora les reclamó -derechos para la mujer porque es el único medio para que se tome en consideración su educación y porque de la educación de la mujer depende la del hombre en general. A un año del nacimiento de Flora, en 1804, se impuso el Código Civil napoleónico en el que se establecieron los principales logros sociales de la revolución y que negaba a las mujeres los derechos civiles reconocidos para los hombres -igualdad jurídica, derecho de propiedad-, e imponía leyes discriminatorias según las cuales se considera la cueva, la casa, el hogar, como el ámbito de la actuación femenina; según consideró Marguerite Duras en La vida material: “ese sitio creado para que las mujeres cuiden de los hombres y los niños”
Sin embargo, por esos tiempos empezaba a ser conveniente y casi necesario tener en cuenta a las mujeres, o por lo menos escucharlas; aprehender y utilizar el discurso de las ‘féminas’ para confrontarlo y entremezclarlo al discurso oficial, establecido y único, el de los hombres se convirtió también en una moda o conveniencia; y si ‘ellas’, además, reclamaban su derecho al sufragio, ¿Por qué no darles el gusto? Si eran tan necesarios los votos como la mano de obra barata. Flora exigía la vindicación de los derechos de la mujer pero no dudaba en ejercerlos y echaba mano al más peligroso de los derechos arrogados el hombre: la palabra escrita y el discurso:
“A vosotros, obreros que sois las víctimas de la desigualdad de hecho y de la injusticia, a vosotros os toca establecer al fin sobre la tierra el reino de la justicia y de la igualdad absoluta entre la mujer y el hombre. Dad un gran ejemplo al mundo (...) y mientras reclamáis la justicia para vosotros, demostrad que sois justos, equitativos; proclamad, vosotros, los hombres fuertes, los hombres de brazos desnudos, que reconocéis a la mujer como a vuestra igual, y que, a este título, le reconocéis un derecho igual a los beneficios de la unión universal de los obreros y obreras”. (Unión Obrera, Flora Tristán -1843- Feminismo y Utopía –Fontamara-1977-México)
Cuarenta años más tarde Karl Marx (1818-1883), Friederich Engels (1820-1895) y Agust Bebel (1840-1913), decidieron establecer las bases del pensamiento socialista sobre la “cuestión de la mujer”. En su libro "El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado" (1884), Engels igualaba la dominación de clase a la dominación de la mujer por el hombre. Por lo tanto, la emancipación de la mujer sería posible, solo, mediante una revolución socialista que aniquilara el capitalismo. Una vez más, por cierto, los derechos de las mujeres, la lucha por la equidad cotidiana y la laboral debía subordinarse a la del hombre. Lo cierto es que la igualdad política entre los sexos era, y es, necesaria para lograr la emancipación de la sociedad; la base de la emancipación femenina era, y es, la independencia económica de la mujer.
Allá por el año 1872 el Congreso de la Federación Regional Española de la AIT, concluyó estableciendo:
“La mujer es un ser libre e inteligente, y como tal, responsable de sus actos lo mismo que el hombre; pues, si esto es así, lo necesario es ponerla en condiciones de libertad para que se desenvuelva según sus facultades. Ahora bien, si relegamos exclusivamente a la mujer a las funciones domésticas, es someterla, como hasta aquí, a la dependencia del hombre, y, por lo tanto, quitarle su libertad. ¿Qué medio hay para poner a la mujer en condiciones de libertad? No hay otro más que el trabajo”. (Més ennllà del silenci. Les dones à la historia de Catalunya)
Fue August Bebel, dirigente alemán y socialista, el primer teórico marxista que dedicó un estudio específico acerca de la mujer y el socialismo:
“La mujer de la nueva sociedad será plenamente independiente en lo social y lo económico, no estará sometida en lo más mínimo a ninguna dominación ni explotación, se enfrentará al hombre como persona libre, igual y dueña de su destino”.
Tanta fue la lucha de clases, y es aun la de las mujeres que los movimientos feministas y sufragistas estuvieron dirigidos por mujeres de procedencia burguesa y a pesar que sus planteos eran anticlasistas sus ideas no eran ampliamente consideradas en los sectores de las mujeres obreras. Las feministas y las sufragistas no lograron movilizar a todas las trabajadoras, ni ellas a las anteriores. Ciento cincuenta años más tarde (1995) la Organización de las Naciones Unidas, en la IV Conferencia Mundial sobre la mujer , definió:
“…La palabra género se diferencia de sexo para expresar que el rol y las condiciones de hombres y mujeres responden a una construcción social y están sujetas a cambio. La opresión de género tiene la misma raíz que la opresión de clases, una forma de desigualdad social que se manifiesta también en la raza, la etnia, el origen nacional, los inmigrantes, los refugiados”. (Fanny Edelman, Feminismo y marxismo-2001- Buenos Aires)
Esta opresión de género y de clase, por ende una creciente conciencia de clases, fue la que padeció e inquietó a Flora desde niña; conciencia que la impulsó en cada uno de sus actos cotidianos. En su afán de ir al frente por sus derechos, y ejercerlos, tuvo una vida azarosa y controvertida en la que se ganó no pocos enemigos, tanto hombres como mujeres, muchos de los cuales consideraron su reclamo de una sociedad igualitaria y equitativa como "excelentes sueños para la poesía".
El feminismo de Flora Tristán propone reivindicaciones y un proyecto político a partir de la idea de que todos los seres humanos nacen libres, iguales y con los mismos derechos. Las ideas de Flora, van ganando el espacio público en el período posterior e inmediato a la Revolución Francesa, que fue en sí misma una derrota amarga del feminismo porque en estas cuestiones se retrocedió. Épocas en que las mujeres no podían subir a la tribuna, pero si al cadalso. Flora Tristán continúa, y refuerza, el pensamiento de Wollstonecraft y de Goughes, dando a ese feminismo visceral un giro de clase que dio lugar al feminismo marxista.
“Cualquiera que conozca algo de la historia sabe que los grandes cambios sociales son imposibles sin el fermento femenino. –escribió Carlos Marx- El progreso social puede medirse exactamente por la posición social del sexo débil (aunque sean feas)’.
Hasta acá la idea y la breve historia de la que a mi entender ha sido la viajera por excelencia, ando un gran salto de Europa a América y retornando al Viejo Mundo con un bagaje de cultura e información, una cierta mirada del Sur de América en la que deja bien claro que la lucha de la mujer por sus derechos es parte de la lucha de clases. Flora Tristán hizo de su diario de viaje, Peregrinaciones de una paria, un verdadero ensayo sociológico de la época que le tocó vivir. Obra que precedió ni más ni menos que a La Unión Obrera (1843).
“Nada me hubiese gustado más que comenzar este librito con una canción que resumiese mi idea: ‘La Unión’ y que tuviese por estribillo: “Hermanos, unámonos! ¡Hermanas, unámonos!”. (Unión Obrera, Flora Tristán-1843- Feminismo y Utopía –Fontamara-1977-México)
El ‘librito’ como lo llamaba, fue editado con las suscripciones que ella y su hija Aline se ocuparon en conseguir golpeando la puerta de conocidos y amigos.
“Con los donativos y suscripción he podido hacer componer, imprimir y grabar el libro de La Unión Obrera. Este libro constituye una pequeña propiedad. Si los obreros comprenden bien el alcance de este libro, se venderá un gran número de ejemplares más o menos considerable. Desde aquí me comprometo a no emplear nunca el producto de esta propiedad en mis gastos personales. Mi intención es hacer, con este dinero, otros ‘libritos’ cuyo objetivo será el mismo: la instrucción de las clases obreras” (Unión Obrera, Flora Tristán-Fontamara-México-1993).
Hoy que algunas leyes parecen haber cambiado desde entonces, se podía acusar a su madre y entorno de: ‘trabajo infantil’, ‘abuso sexual’, ‘maltrato y acoso moral en la intimidad y en lo laboral’, ‘abandono de persona’ por parte de la ley… Por suerte esas vindicaciones solicitadas desde finales del siglo XVIII hasta hoy, iniciado el XXI, salen al fin a la luz y justamente porque aun no se han resuelto. Existe pena y castigo para los que imponen cualquier tipo de esclavitud, acoso laboral, sexual o moral, no obstante se siguen practicando con total impunidad. Bastaría con rehacer ese largo peregrinaje de Flora Tristán ‘entre dos mundos’, con su mirada, para comprobar que las cosas no han cambiado; la esclavitud y el tráfico de personas, el acoso moral (sexual y laboral), la vejación y el trabajo infantil, el abandono de persona de la mujer, y del hombre, se han incrementado. Por ende, se incrementaron también otras enfermedades infectocontagiosas y letales de la sociedad: indiferencia, apatía, la impiedad. El silencio.
Silvia Miguens
Antes de comenzar la narración de mí viaje,
debo exponer a lector la posición en que me encontraba
cuando lo emprendí y los motivos que lo determinaron.
Flora Tristán
A mediados del siglo XIX, en La Unión Obrera, su obra más relevante, Flora Tristán se dirige al mundo:
“Reclamo derechos para la mujer porque estoy convencida de que todas las desgracias del mundo proceden de este olvido; reclamo derechos para la mujer porque es el único medio para que se tome en consideración su educación y porque de la educación de la mujer depende la del hombre en general y, particularmente, la del hombre del pueblo; reclamo derechos para la mujer porque es el único medio de conseguir su rehabilitación ante la Iglesia, ante la ley y ante la sociedad y porque es necesaria esta previa rehabilitación para que los propios obreros sean rehabilitados”. (U.Obrera, F.Tristán-1843- Feminismo y Utopía -Fontamara -1977 -México)
Reclamos todos, y cada uno a lo largo de sus páginas, que no han perdido actualidad. Son de una inconmensurable vigencia; de una vigencia vergonzante. Y aunque éste de la vindicación de los derechos de la mujer, no es el tema que nos convoca, inevitablemente llegaremos a esa conclusión tratando de vislumbrar ‘el cómo y los por qué’ de Flora Tristán para tomar la decisión no solo de escribir sino de financiar la edición de La Unión Obrera, mediante suscripción voluntaria de amigos como George Sand, Víctor Considérant y muchos personajes del momento que confiaron en su ideología y el valor pera expresarla, decisión que toma dado que ninguno de los editores de la época a cuyas puertas golpeó creyeron en esos conceptos, ni en Flora Tristán. Pero la Unión Obrera y sus consecuencias, no fueron la causa de las críticas y maltratos que Flora recibiera de su familia y la sociedad, ni lo que la motivó al increíble viaje iniciático que realizó desde Francia a Perú. Viaje iniciático de una mujer “Entre dos mundos”, y en realidad el pretexto necesario para desarrollar este escrito con la sola pretensión de reflexionar una parte de la historia de las mujeres un tanto olvidada. O insuficientemente recordada.
En realidad, me animo a considerar que al fin y al cabo todo aquel viaje de Flora Tristán, de Francia a Perú, en búsqueda de su identidad, el reconocimiento familiar y por ende sus derechos hereditarios, que dieron lugar a su inmediato diario de viajes: “Peregrinaciones de una Paria”, no fueron sino el pretexto o resultado válido como para que Flora se lanzara definitivamente a enarbolar su bandera en defensa de los derechos de la mujer. Los derechos de la mujer en el seno del hogar y su lugar en la sociedad como trabajador/a. La conclusión de esa lucha, desde su condición de niña-mujer-obrera, pero muy especialmente por tener esa mirada de mujer tan necesaria en el imprescindible revisionismo histórico, repito, la conclusión a su vida inmersa en la ‘lucha de clases’, fue su obra La Unión Obrera, en el año 1843.
Flora Tristán, precursora en el tema, tuvo muy claro antes de relacionarse con los socialistas de la época, que la clase oprimida fue explotada primero por los nobles y luego por la burguesía, y tratándose de la mujer, advierte otra circunstancia que aun hoy no se ha erradicado:
“…los industriales, al ver a las obreras trabajar más aprisa y a mitad de precio, despiden cada día a los obreros de sus talleres y los reemplaza por obreras…Una vez se entra en ese campo, se despide a las mujeres para reemplazarlas por niños de doce años…Finalmente se llega a no ocupar más que niños de siete u ocho años. Dejad pasar una injusticia, pero estad seguros de que engendrará miles de ellas”. (U.Obrera, F.Tristán-1843-Feminismo Utopía/Fontamara/1977/México)
Debatiéndose sus percepciones e ideas dentro de lo que se llamaría el “socialismo utópico” y más adelante “marxismo” lo cierto, es que aunque Flora no alcanza a verlo, y se desconoce si Engels y Marx la conocieron, las ideas de la Tristán reaparecen en la teoría que Marx y Engels, tres años después de la muerte de Flora y cuatro después de la aparición de la Unión Obrera, expusieron en El Manifiesto del Partido Comunista. Por otro lado, antes que Flora Tristán ningún pensador se había planteado que el proletariado y la mujer, eran una clase Internacional, unidas por su condición en todo el mundo e igualmente enfrentada a la burguesía. Por lo tanto, Flora sostuvo que la Unión debía ser universal; esboza una Internacional de los trabajadores/as que Marx construirá veinte años más tarde. En cuanto a Engels coincidirá con ella a sabiendas, o no, en Los orígenes de la propiedad privada, la familia y el Estado, pensamiento que no pone en boca de Flora sino en boca de Fourier: “Los progresos sociales y los cambios de período se operan en razón del progreso de las mujeres hacia la libertad. (…) En resumen, la extensión de los privilegios de las mujeres es el principio general de todo progreso social”.
Ideas, las de éstos pensadores, coincidentes con las de Flora, pero con una ventaja trascendental para ella y es que Flora Tristán, sí, pudo vivenciar qué tan lejos y tan Internacional debía imponerse esa Unión, porque como Viajera entre los Dos Mundos, pudo recorrer el Sur de América, las costas del Océano Atlántico, bajo la línea del Ecuador, y luego de atravesar el Cabo de Hornos, las costas del Pacífico, Chile y Perú. Por lo tanto, claramente y en persona vislumbró y levantó testimonio de la esclavitud de los trabajadores y de ese grupo social diferenciado dentro de la burguesía y el proletariado al que denomina “otra raza”: la mujer.
¿Ficción histórica?
Es casi imposible evaluar el camino realizado por ésta mujer si consideramos las dificultades económicas en que se movía, la escasa educación formal, el gran obstáculo de los prejuicios y las distancias a recorrer. Para tratar de ponerse un poco en su piel, curiosamente, solo queda el recurso de la ficción. Apenas así puedo imaginar a Flora y sus circunstancias:
“Flora y Aline iban de la mano. Cada tanto y por un momento se detenían y miraban hacia atrás. Al fin, apuraron el paso aún a riesgo de pasar por alto la casa del señor Pagnerre, donde se dirigían para ofrecerles la suscripción a la Unión Obrera. Aquel día, habiendo abandonado la casa de la calle del Gato que Pesca, una por detrás de la otra y pegadas a la pared, caminaron unas cuadras. Cuando dieron vuelta a la esquina escucharon los cascos de un corcel y las ruedas del coche rebotando contra el empedrado. La madre atrajo a la niña contra su pecho y la cubrió con su rebozo. En un instante llegaron a la marquesina verde en el almacén de dulces. Aunque se refugió en los brazos de su madre, Aline no era débil. Sin embargo la niña se dejó arrebujar por Flora Tristán como hacen casi todas las niñas con casi todas las madres.
El carruaje pasó echando pestes y barro, inquietándoles el revoloteo de la falda. El caballo parecía huir del chasquido del látigo. Solo cuando las patas del animal alcanzaron el empedrado de la calle lateral, madre e hija sonrieron. Aline quitó una gota de sangre de los labios de Flora, que en momentos como aquellos acostumbraba a morderse la boca. Otro gesto de su madre que Aline se esforzaría en no copiar.
-Entremos… -ordenó Flora a su hija.
No faltaría la oportunidad de visitar a Pagnerre; pasarían otro día; él diría que sí a la suscripción; solo unas monedas a cambio de negarse a editar el libro en su editorial; después de todo, aunque compartían ideología, se trataba de un manifiesto obrero escrito por una mujer. Descabellada idea de una osada mujer. Qué editor se animaría a tanto en el 1843. Sin embargo, con Chazal pisándole los talones, Flora había olvidado el rechazo del editor socialista.
-Tampoco estará Masson…
-No. Seguro que Alphonse duerme aun, prendado de alguno de sus cuadros o en brazos de la musa. Comamos algo mientras tanto...
-No debemos gastar dinero en dulces, mamá.
-No usaremos el dinero de la suscripción, solo las monedas que he cobrado por cuidar al niño Delecuse. Además, Aline, es el almuerzo de dos mujeres en su jornada laboral. Nos lo hemos ganado… –dijo dando unos golpecitos en la mesa.
-¿Señora…?
-Monsieur Michel, por favor, nos trae leche tibia con cocoa, pan tostado y miel. Nada mejor que el aroma del pan tostado…
-Debemos apurarnos, madre. Nos espera en la editorial el señor Lefevre y el abogado Chénier, el ministro Martínez de la Rosa y don Frederick-Lamaitre, que más tarde estará en el teatro, atareado con el estreno de su pieza...
-Seguramente estarán mañana en lo de Aurore que ha ofrecido una comida para ayudarnos a financiar la edición…
-¿Aurore o George Sand, mamita?.
-Es una cobardía que Aurore, una mujer, firme sus escritos como hombre no se si reniega por ser mujer o escritora…
Al rato, reconfortadas por la leche tibia y el pan tostado ni bien atravesaron la puerta volvieron a endurecer el semblante. La calle era una amenaza, les anunciaba la probable presencia André Chazal. Chazal volvía a las andadas una y otra vez, mucho más después de la confesión que hiciera Aline denunciando el abuso sexual de su padre. ¿Qué más debe hacer un hombre para que le caiga el peso de la ley?, preguntaba Flora en cada uno de los mostradores en que a la par de su hija elevaba su reclamo de mujer abusada.
Pero no hubo juez ni abogado que pudiera responder. Al fin, fue el mismo Chazal quien dio la respuesta. Una tarde madre e hija caminaban por la calle cuando André se lanzó de un coche y le disparó un tiro. De inmediato la gente rodeó a Flora, ensangrentada y en el suelo. Aunque al principio creyeron que se trataba de George Sand agredida por uno de sus despechados amantes. En medio de la confusión, Flora, fue trasladada al hospital y Chazál a la cárcel. Solo entonces la ley pareció ponerse del lado de la mujer.”
¿Realidad histórica?
Flore Celestine Thérèse Henriette Tristán Moscoso -conocida como Flora y de la que German Arciniegas dijo: “…pertenece a esa raza de gentes americanas que son así: medio locas, libertadoras, geniales” (Peregrinaciones de una paria, Villegas Editores-2003-Bogota. Pag. 9), nació el 7 de abril en 1803, en París y fue concebida en pleno período napoleónico, el de los emprendimientos audaces, el de la imaginación, el idealismo y la locura. La pequeña nació amparo del más absoluto romanticismo. Su madre fue Thérèse Anne-Pierre Laisney y su padre, un coronel peruano de la armada española, don Mariano Tristán y Moscoso, proveniente de una poderosa familia del Perú.
Al parecer, Mariano y Thérèse, se conocieron y se enamoraron en Bilbao, donde ambos se habían refugiado a causa de la revolución. Se unieron en un matrimonio religioso con un sacerdote expatriado, como ellos. Por lo tanto, para la ley, Flora, era la hija bastarda de don Mariano Tristán y Moscoso. Cuando la niña rondaba los cinco años, don Mariano murió y la falta de documentos que certificaran el matrimonio y su nacimiento, sumió a Anne-Marie y a Flora, en la pobreza. El estado francés revolucionario no reconocía el matrimonio ‘solo’ religioso, motivo por el cual se les negó todo tipo de derechos. De inmediato las echaron de la propiedad que ocupaban en Vaugirard y todas sus pertenencias fueron enviadas a don Pío Tristán y Moscoso, hermano de su padre, en el Perú.
El único documento que podía esgrimir Thérèse era una carta de Simón Bolívar, fechada en 1807, que ratificaba la unión de los padres de Flora:
“Di a Mariano –pide Simón Bolívar- que yo lo amaré siempre, que haré el largo viaje de Caracas al Perú, aunque más no sea para dar noticias a su familia; que abrazaré a su hermano don Pío con tanto afecto como podría hacerlo él mismo. Después de todo lo que nos ha dicho de él, ese Pío debe ser un hombre muy amable.” (Peregrinaciones de una paria, Villegas Editores-2003-Bogota)
Sin embargo nada cambió. Thérèse Laisnay, alquiló una casita en los alrededores de la plaza Maubert, un barrio pobre de París. Por esos tiempos Flora toma clases de dibujo y muy pronto, en el 1819, empieza a trabajar como obrera colorista en el taller de grabado y litografía de André Chazal, con quien contrae matrimonio un 3 de Febrero de 1821.
“…Regresamos a París, en donde mi madre me obligó a casar con un hombre a quien no podía amar ni estimar. A esta unión debo todos mis males” (Tristán, Peregrinaciones de una Paria, Villegas Editores-2003-Bogota)
Entre las primeras cartas de Flora, de las que se tiene noticia, existen dos dirigidas a Chazal escritas durante el mes anterior al matrimonio:
“París, 3 de Enero de 1821; Quisiera ser una mujer perfecta, se sabe que no podré. (…) Deseo ser tratada por mi madre como yo seré con mis hijos, en fin, deseo ser buena con todo el mundo. Quisiera ser filósofa, pero de una manera tan dulce, tan amable como todos los hombres deseen en una mujer filósofa. Adiós!!, te abandono porque mi lámpara me abandonó y no tengo deseos de encenderla; pero pienso en ti, y olvido la miseria. Flora” (Tristán, La Paria et son reve, Presses Sorbonne Nouvelle- 2003- Traduc.S.Miguens. Pag. 44)
Y, unos días más tarde…
“París, 12 de Enero de 1821;Yo te diría, mi querido, que esta velada que deseaba tanto, quisiera que aun estuviese por venir, pues sufro dolores terribles. (…) Adiós amigo de mi corazón; en la mañana, cómo golpeaba este corazón; te buscaba los ojos, mi boca buscaba la tuya, mis brazos buscaban acercarte a mi pecho, ese pecho que no conoce el placer sino por a ti. Pero adiós! Yo juro amarte siempre y por curarte tanto de placer como te he dado de penas, adiós! (…) entonces, amigo de mi alma, no pude abandonarte, (…) por todo eso que me cuesta decirte adiós. Flora” (La Paria et son reve, Flora Tristán Presses Sorbonne Nouvelle,2003- Traduc. S.Miguens. Pag.44)
En ese estado de cosas, nació su primer hijo. Durante la convalecencia del alumbramiento, Flora, lee a Saint Simon (Du Système Industriel ) y a Chateaubriand. En los próximos tres años, Flora, debatiéndose entre la libertad y el maltrato de Chazal, da a luz a Ernest-Camille y a Aline que nace un 16 de octubre del 1825. Pero en medio de la violencia de Chazal y las no menores exigencias maternas, no abandona la lectura. Durante la convalecencia del nacimiento de Aline, Flora lee la Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Woollstonecraft. Encuentra en los escritos de la feminista un modelo de mujer y ratifica la visión de sí misma como un apéndice de su marido.
Flora, ya no duda que el matrimonio es una institución que no tolera ni debe tolerar, una simple transacción comercial en la que una mujer es vendida a un hombre y se convierte en poco menos que su esclava. Pero no ve salida digna a su situación, pues la Restauración había abolido el divorcio. Su experiencia personal y la vivida a través de su madre le provoca, además, un gran rechazo al sexo y a la maternidad. Los considera el instrumento legal con que el hombre puede avasallar y someter a la mujer. Apenas cumple los veintidós años lleva a cabo el acto más audaz de su vida, el primero en realidad que le confirma su condición de paria y un destino abocado a la rebeldía: abandona el hogar conyugal según se comenta. En realidad escapa con sus hijos del maltrato doméstico y la falta de libertad.
¿Paria o nómada?
Empieza su peregrinaje, en realidad ‘continúa’ ese peregrinaje y su vida de paria. Se hace pasar por viuda y empieza a trabajar en una confitería. Como era de esperar, Chazal y su propia madre no están de acuerdo. Inicia una batalla legal por la custodia de los hijos con tres frentes a combatir, Chazal, los abogados y la sociedad. Batalla que dura 12 años. Los abogados a los que consulta le dicen que lo que le sucede es lo normal a toda mujer, que es común la actitud de Chazal, que no se considera maltrato el del marido, que no existe nada que pueda hacerse por la vía legal. Entre el 1826 y el 1928, trabaja como doncella con una familia inglesa y viaja por Suiza, Alemania, Italia e Inglaterra. Cuando regresa a París logra la separación de bienes y como resultado de esa separación, debe pagar la pensión y manutención de los niños. Chazal va a la cárcel cuando le pega un tiro. Solo entonces ella y sus hijos vive tranquilos, pero la situación económica es intolerable. Para colmo de males muere su hijo mayor. Más adelante escribió:
“Tenía veinte años cuando me separé de ese hombre, hacía seis años, en 1833, que duraba la separación y cuatro solamente que había yo entrado en correspondencia con mi familia de Perú. Supe durante esos seis años de aislamiento todo lo que esta condenada a sufrir la mujer que se separa de su marido, en una sociedad que por la más absurda de las contradicciones, ha conservado viejos prejuicios contra las mujeres que se hallan en esta posición, después de haber abolido el divorcio y hecho casi imposible la separación”. (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán- Villegas Editores-2003)
Al poco tiempo conoce a Zacharie Chabrié, de la marina mercante que dice conocer en Perú a la familia de Pío Tristán y le sugiere escribir una carta que él mismo puede poner en manos del tío peruano. Flora regresa a Burdeos y se pone en contacto con un pariente lejano de la familia Tristán, don Mariano de Goyeneche, primo de Mariano Tristán. Cuando se encuentran, Goyeneche no puede menos que sorprenderse del parecido de Flora con la familia Tristán. Escribe la primera carta a los Tristán:
“París, corriendo el año de 1829, Monsieur, es la hija de su hermano, de aquel Mariano querido por Usted, quien toma la libertad de escribirle. Me gustaría creer que Usted ignora mi existencia y que de las mas de veinte cartas que mi madre le ha escrito, durante diez años, ninguna le ha llegado. Sin este último presentimiento que me deja al colmo del infortunio, jamás me dirigiría a usted. He encontrado una ocasión segura para hacer llegar esta carta, y tengo la esperanza que Usted no será insensible. Tengo mi constancia de bautismo; si le queda alguna duda, el célebre Bolívar, amigo íntimo de los autores de mis días, podrá esclarecerlas. (Simón Bolívar era ya el Libertador) Él me ha visto levantar por mi padre, él frecuentaba habitualmente la casa. Usted podrá también ver a su amigo, conocido por nosotros bajo el nombre de Robinson (Simón Rodríguez maestro e ideólogo de Bolívar). Voy a exponerle los hechos: Para sustraerse de los horrores de la Revolución, mi madre viajó a España con una dama de la familia de sus padres. Esa dama se había establecido en Bilbao. Mi padre se hace amigo de ella y de esa amistad bien pronto nace un amor irresistible que les hace volverse necesarios el uno al otro. Ellas regresan a Francia en 1802 y mi padre las sigue. Como militar, vuestro hermano necesitaba permiso del Rey para casarse; pero no deseaba pedir ese permiso (respeto demasiado la memoria de mi padre para buscar de adivinar cuales pudieron se los motivos). Él propuso entonces a mi madre unirse a ella por un matrimonio religioso (matrimonio que no tiene ningún valor en Francia). Mi madre que siente que en adelante no podrá vivir sin él acepta esta proposición. La bendición nupcial les fue dada por un respetable eclesiástico M. Roncelin, que conoce a mi madre desde su infancia. Los esposos viven en París. A la muerte de mi padre, M. Adam, de Bilbao, más adelante diputado de las Cortes, que había conocido a mi madre tanto en España como en Francia, como a la esposa legal de don Mariano de Tristán, le envía un acta notarial firmada por mas de diez personas, todas manifiestan haberla conocido bajo el mismo título. Usted sabe que entonces mi padre tenía por toda fortuna solo la renta de 6000 F, que su tío el arzobispo de Granada, le había dejado a título de primogénito de la familia Tristán. El ha recibido también algunas sumas que usted le ha enviado; pero las más considerables se han perdido: 20000 francos fueron tomados por los ingleses, y 10000 desaparecieron con el buque la Minerva. No obstante, gracias a la economía de mi madre, mi padre tenía una vida fuertemente honorable. Trece meses antes de su muerte, el comprar una casa en Vaugirard, cerca de París. Después que el muere, el embajador M, príncipe de Masserano, se adueña de todos sus papeles. Usted debe haberlos recibido por la intermediación del embajador de España, y con ellos el contrato de adquisición de la mencionada casa. Mi padre había pagado en parte esta propiedad y ella hubiera ayudado a estudiar a mi hermano y a mí. (…) Usted debe sentir, señor, cuanto ha sufrido mi pobre madre, quedando sin fortuna, y cargando con dos niños; mi hermano ha vivido diez años. Y bien! A pesar de todo este desastre en el que ella se encuentre, no desea más que restablecer la intachable memoria de aquel que ha sido el objeto de sus más tiernos afectos. (…) Yo no deseo, señor, sino que tenga conocimiento de las desdichas, de las que le he dado un débil bosquejo de los tratos de los que usted puede descubrir los detalles!. Vuestra alma, sensible al recuerdo de un hermano que usted amaba como a su hijo, sufriría demasiado midiendo la distancia que existe entre mi suerte y la de aquel que hubiera debido tener la hija de Mariano…., de su hermano que, golpeado como por un flechazo por una muerte súbita y prematura (una apoplejía fulminante) (…) Le pido su protección y le ruego amarme como la hija de vuestro hermano Mariano. Vuestra muy humilde y obediente servidora. Flora Tristán” (La paria et son reve, Flora Tristán, Presses Sorbonne Nouvelle-París-2003-Trad. S.Miguens. Pag.45)
En 1832, Chazal aun la perseguía, Flora escribió:
“Las persecuciones del señor Chazal me obligaron en distintas ocasiones a huir de París. Cuando mi hijo cumplió ocho años insistió en tenerlo a su lado y me ofreció el descanso en esa ocasión.(…) Durante más de seis meses, oculta bajo un nombre supuesto, anduve errante con mi pobre hijita. (…) Resolví ir a Perú y refugiarme en el seno de mi familia paterna, con la esperanza de encontrar allí una posición que me permitiese entrar de nuevo en la sociedad” (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán, VillegasEditores, 2003-Bogotá).
Del Viejo al Nuevo Mundo…
Estando en Burdeos, en febrero de 1833, sabe que hay tres navíos próximos a zarpar a Valparaíso, entre ellos el Mexicain. Le presentan al capitán del Mexicain, es Chabrié, aquel capitán con el que tanto habían conversado en París. Sabía que cualquier pequeña cosa sería tomada sospechosa o en contra de una mujer que viaja sola, por eso decidió aceptar la propuesta de Goyeneche, de viajar en ese barco. No sin antes sincerarse con Chabrié:
“Lo que le pido, es simplemente olvidar que me ha conocido en París con el nombre de señora y con mi hija. Le explicaré a bordo la razón (…) hasta la partida, hable de mi como si me hubiese visto por primera vez”. Escribe en sus memorias: “Puedo decirlo, esta primera visita de Chabrié es uno de los recuerdos más felices que conservo en el corazón”. (Peregrinaciones de una paria-Flora Tristán- Villegas Editores-2003-Bogotá)
El Mexicain se da a la mar el 7 de Abril. Flora cumplía 30 años y se embarcaba con veinte hombres en un viaje que duraría 4 meses. Nada dijo a Goyeneche de su condición de mujer casada y con hijos; tampoco a Felipe Bertera, encargado de los negocios de su tío, con quien mantuvo un romance breve. Tampoco cuenta acerca de la amenaza y persecución de Chazal. Sabía que toda esa historia no actuaría en su contra, sería otro impedimento familiar.
“La raza mujer - solía decir- está sometida al hombre para siempre… no puede ser libre, depende legalmente de su marido puesto que la ley no autoriza el divorcio”. Su misma familia, el hermano de su madre, el tío Laisney, abjura de Flora: “Una esposa que huye del domicilio conyugal y se lleva los frutos del matrimonio, no tiene lugar en la sociedad: es una paria” (Unión Obrera-Tristán-1843- Feminismo y Utopía-Fontamara-1977-México)
En efecto, más adelante y por siempre Flora Tristán sostiene: “Yo no soy sino una paria”. Y como paria, en busca de un futuro que siempre esta en otra parte, se entrega a las vicisitudes que le impone el Méxicain; cruza el Atlántico, atraviesa el canal de Beagle y arriba a Valparaíso, donde se entera de la muerte de su abuela. El desánimo vuelve a invadirla. Pero no todo le es adverso. En el viaje en medio de ternuras y enamoramiento Chabrié le propone matrimonio. Ella duda. Al fin se despiden. Lloran. Ha sido solo un romance de viajeros. Flora no podía amar a nadie por el momento, solo se veía a sí misma como una conquistadora que iba tras el verdadero oro del Perú: su identidad, el reconocimiento familiar y la parte de herencia que le correspondía por su padre.
Al fin llega a Lima y en enero de 1834, conocer a su tío. Pero Flora Tristán que en la calle del Gato que Pesca y para los franceses era ‘muy peruanita’, para los peruanos nunca dejaría de ser ‘la francesita’. En todas partes Flora era una mezcla de franco-peruana que enfrentaba sin pudor a la oligarquía, a la jerarquía, a la abogacía, a los hacedores de la ley, a la clerecía, a la beatería. Los días en Perú fueron difíciles; es bien recibida por toda la familia menos por su tío del que solo logra algunas impresiones que no le resultan demasiado alentadoras y una pequeña renta.
“Don Pío Tristán –según Germán de Arciniegas –era un gran señor y un sinvergüenza. Último virrey, ya en la República quería ser, y lo fue, de los herederos de la Corona. Cuando vino Bolívar, don Pío contribuyó al fondo de la guerra de Independencia con lágrimas de usurero. Según Flora, los realistas miraban a don Pío como a un traidor y los republicanos con justísima desconfianza: Amaba al antiguo partido por afición y servía al nuevo por interés. Flora hizo una acertada lectura de la situación de mucho peninsulares y muchos criollos por aquel tiempos, a escasos 10 años que con la batalla de Ayacucho se puso punto el final a los generales realistas. Flora define a su tío y a los peruanos en general: “Tal es el carácter peruano: vanidoso, fanfarrón, crédulo; destroza todo con la palabra y es tan incapaz de la firmeza en la acción como de perseverancia en una resolución valerosa”. (Peregrinaciones de una Paria, Flora Tristán-Villegas Editores-2003-Bogotá)
En esos tiempos poco felices en casa de los Tristán, conoce al coronel Escudero, periodista y militar, secretario de doña Pencha de Gamarra, promotora de la revolución de ese año en Perú y esposa del presidente que acaban de deponer. Las desavenencias con su tío, que se niega a reconocerla como su sobrina legal a pesar de que comprueba que Flora tiene un profundo parecido con su hermano y todos los Tristán, le causa una profunda tristeza.
“Mi tío, poco antes de la muerte de mi abuela, le hizo hacer un testamento en el cual su esposa quedaba beneficiada con veinte mil pesos y en el que yo estaba incluida con un legado de tres mil pesos. Ese testamento era muy largo y mi abuela, que tenía ciega confianza en su hijo Pío, lo firmó sin conocer sus disposiciones. Yo no estaba designada como ‘la hija de don Mariano’ sino como ‘Florita’, sin que se pudiese saber a qué título se me hacía esa donación”. (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán,Villegas Editores-2003,Bogota)
Sumida en una gran depresión vuelve al Werther, de Goethe, que la enfrenta a la posibilidad del suicidio. Regresa a París cargada de experiencias y sentimientos encontrados que la enfrentan a una disyuntiva aun mayor: la escritura. Contar su historia, contar la situación en la que las mujeres en Brasil, Chile y Perú aun en la clase alta viven casi en estado de esclavitud o sometimiento absoluto, y no puede dejar de observar la esclavitud del hombre. Para dar testimonio de lo visto y vivido, para empezar apela a un relato de viajes, estilo tan en boga en ese momento sin dejar de lado el romanticismo que la época le impone, Peregrinaciones de una paria.
Del Nuevo al Viejo Mundo…
Así, del infiernito de Arequipa y los Tristán, Flora regresa su gran infierno de París. Echaba chispas, ratificaba una y mil veces su condición de paria, tal vez por eso, se ve a sí misma dentro de ese halo de romanticismo parisino, haciendo parte del entorno que rodea a los intelectuales, entre ellos a otra gran paria, George Sand. El 10 de febrero de 1837, le escribe en respuesta a una carta de la escritora:
“No puedo demorar mucho tiempo, Madame, pese al estado de sufrimiento en que me encuentro, a efectos de la gripe, para responder vuestra carta, tan buena para mi, y que deja en mi corazón un sentimiento de dicha. Gracias, Madame, mil veces gracias por toda la benevolencia que usted me manifiesta. (…) Hágame saber, le ruego, en qué época cuenta usted cuenta estar en París, porque me sentiría desolada de no encontrarme para entonces. Estoy aun muy enferma para poder responder al principal objeto de su carta.; espero que tenga a bien disculparme por la brevedad de la mía, espero que mi salud me permita responderle de un modo especial a la suya. Adiós, madame, acepte mis sinceros agradecimientos y la expresión de la gran admiración que yo profeso por vuestro admirable talento. Flora Tristán, febrero de 1837. (Tristán, La paria et son reve, Presses Sorbonne Nouvelle-París-2003-Traduc. S.Miguens- Pág. 72)
Flora y Aurore o George Sand, empiezan una amistad que por cierto nunca sería sencilla de sobrellevar. Por esos días, Flora corregía las pruebas de su ensayo, De la necesidad de dar buena acogida a las mujeres extranjeras, que había comenzado a escribir en el viaje de regreso. Entra de lleno en el ambiente literario y en el político. Conoce a Fourier, de 63 años, es la primera vez que lo ve y a él le entrega su ensayo que se publicará más adelante.
Por otro lado, los ataques de Chazal que no solo han interferido en su vida sino en la escritura de Peregrinaciones de una paria y refuerzan sus conceptos. Aline confiesa a Flora que su padre le da miedo, que ha abusado de ella tratando de tomar revancha. Ambas se escapan. Chazal la hace detener. Entre las amenazas y peleas de ambos cónyuges la niña es puesta en custodia en una pensión. Pero se escapa y una vez más busca a Flora. Chazal la manda a buscar con la policía. Otra vez, Flora, se encuentra impotente con la prepotencia de la ley, que solo favorece al hombre. Aline da más pruebas de que su padre abusó de ella. Flora lo denuncia y es encarcelado, por 60 días. No contento con la situación, Chazal denuncia a Flora acusándola de adúltera, vagabunda e intrigante haciendo referencia a que para colmo Flora escribe sus memorias de viaje.
En 1837, Tristán envió a la Cámara de diputados francesa su Pétition pour le reétablissement du divorce. Documento donde protesta contra la prohibición del divorcio por el código napoleónico. Apoya su defensa según los derechos que se establecieron durante la revolución de 1789 y dice, que Dios no estableció la indisolubilidad matrimonial y que el divorcio daría garantías a la mujer de un mejor en el matrimonio. La ley de divorcio, instaurada en Francia en 1792, fue anulada en 1816 y no será reinstaurada hasta el 1884.
La separación de cuerpos que logra Flora, no ha logrado cambiar los deberes del matrimonio, entre ellos: la fidelidad. No obstante lo intrincado de esta situación con Chazal, a la que se le suma el gran dolor por la muerte de Fourier, el 11 de Octubre de ese año 1837, Flora no deja de deslumbrándose con lo que la rodea. Conoce a Víctor Considérant, el más importante de los dirigentes fourieristas y a Robert Owen, de 56 años, en una visita de éste a París. Hace amistad con la poeta Marceline Desbordes-Valmore, el doctor Evrat, el abogado Duclos y el pintor Jules Laure con quien inicia una relación amorosa que le uno de sus personajes, el ‘proletario’ de Méphis.
El 20 de diciembre, envía a varios diputados liberales su Petición para el restablecimiento del divorcio, pero no logra que la ley sea restituida y en lo personal, solo consigue en febrero del siguiente año, el pronunciamiento judicial de la separación de cuerpos de su matrimonio con Chazal. Nunca quieto ni contento con el fallo, Chazal no deja de perseguirla y acosarla hasta que le dispara un tiro; la bala, que se había alojado bajo el pecho izquierdo es imposible de extraer. Este episodio por fin, lleva a Chazal a juicio. La situación despierta gran curiosidad y consideración general. Solo entonces (y gracias al mismo Chazal) su caso comienza a tomar notoriedad, por lo tanto también sus escritos. Flora, envía a varios diputados, una Petición que tiende a la abolición de la pena de muerte; en octubre el periódico El Artista publica su artículo El arte desde el Renacimiento. Flora edita su libro Peregrinaciones de una paria, y poco después Méphis o el proletario. Se da a conocer la Carta del pueblo, aprobada por la Working Men’s Association y es evaluada y discutida por los socialistas en París. La repercusión del juicio contra Chazal incentiva la difusión y venta de sus libros.
Permanece en Londres por tres meses. Asiste a una reunión secreta en que se lleva a cabo la Convención nacional de ‘cartistas’, dirigida por William Lovett, fundador del movimiento y dirigente con quien queda especialmente impresionada. Se dedica a recorrer las industrias inglesas, los barrios obreros acercándose a aquellas familias con quienes comparte la vida cotidiana y la ideología. Muy de cerca ve las miserias acumuladas por siglos y cubiertas por el oro de una Corona que iba cubriéndose con rubíes de la India, con diamantes de África.
Flora, se viste de hombre para presenciar una de las sesiones del Parlamento, y ahí conoce a O’Connell y a O’Connor y como conclusión escribe:
"La esclavitud no es a mis ojos el más grande de los infortunios humanos desde que conozco el proletariado inglés". (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán, Villegas Editores-2003,Bogota)
Finalmente, en 1839, Chazal es condenado a 20 años de trabajos forzados, y para Flora llega al fin algo de tranquilidad. Obtiene del Ministro de Justicia el derecho de recuperar el apellido Tristán y como tal nombra a sus hijos. Escribe su famosa Carta a Olimpia; comienza a escribir Paseos por Londres que se edita en el 1840 y casi de inmediato vende dos ediciones, decide entonces una tercera edición a precios populares, publica un extracto de esa obra que titula La ciudad monstruo.
Siempre se reconocerá a sí misma una ‘paria’. Un ‘Ser humano’ al que se excluye de todo derecho, por ser mujer y más aún por ser una mujer trabajadora, obrera y escritora. Pero nunca bajó los brazos. En esas primeras incursiones en Inglaterra retoma la obra Mary Wollstonecraft, aunque se interesa aún más por cierta autora teatral y activista revolucionaria Olimpia de Goughes (1748-1793) que había sido protagonista de la contestación femenina, en Francia, publicando en 1791 publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana; de hecho, un calco de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano aprobada por la Asamblea Nacional en agosto de 1789:
"Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos (...) reconocen y declaran (...) los siguientes derechos del hombre y del ciudadano. Las madres, las hijas y las hermanas, representantes de la nación, piden ser constituidas en Asamblea Nacional. Considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una solemne declaración los derechos naturales, inalienables y sagrados de la mujer. (Fanny Edelman, Feminismo y Marxismo-2001-Buenos Aires)
Nada de esto era ajeno a Flora, tampoco las consecuencias que tocan padecer a las mujeres. Al año siguiente del crimen de Olimpya de Goughes en 1792, Mary Wollstonecraft (1759-1797) inició con su obra Vindicación de los Derechos de la Mujer la larga tradición del feminismo anglosajón. Contraria al absolutismo de los reyes, la Wollstonecraft marca la relación entre ese sistema político y las relaciones de poder entre los sexos, dada la verdadera tiranía absolutista ejercida por los hombres sobre las mujeres en el ámbito de la familia y la casa. Para Wollstonecraft, la clave para superar la subordinación femenina era el acceso a la educación.
“… el matrimonio no se considerará nunca sagrado hasta que las mujeres, educándose junto con los hombres, no estén preparadas para ser sus compañeras, en lugar de ser únicamente sus amantes”. (Mary Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer - Madrid, 1977, Ed. Debate)”
Es curioso como aún en nuestros días se debaten aquellas cuestiones que, por otro lado, no solo se tenían en cuenta a fines del siglo XVIII y en los comienzos del XIX, en el Viejo Mundo sino que en el Nuevo Mundo, a la par de Flora Tristán y tal vez con la mismas lecturas pero sobre todo como resultado de maltratos similares, otras mujeres escritoras, viajeras, parias y nómadas, bregaban por las mismas causas: Juana Paula Manso, en Argentina; Harriet Beecher Stowe, en Estados Unidos; Nisia Floresta Augusta, en Brasil y tantas otras. Claro que éstas americanas, por entonces, no tenían muchas posibilidades de hacerse escuchar mucho más allá de su pequeño entorno y algunas escasas lecturas. Flora, no solo tuvo acceso a la notoriedad, fue su más inmediata seguidora Pauline Roland quien dio a conocer su pensamiento en la revolución de 1848.
Por esa razón, la mirada que Flora Tristán impone a su viaje entre los dos mundos y desarrolla en su diario de viaje: Peregrinaciones de una Paria, resulta de suma importancia en la historia de las mujeres. Por eso también su insistencia con respecto a la imperiosa necesidad y obligación de las mujeres de contar por escrito sus historias personales en su diario, y para ello qué mejor experiencia que la de un diario de Viajes. Imprescindible que escriban día a día porque su diario-decía Flora- porque será testimonio y reflejo por siempre del período que a cada una le tocó vivir.
En el caso de Flora Tristán ‘el diario’ es la conclusión conque Flora intenta cerrar el viaje que había emprendido al Perú, aquel 7 de abril de 1833 cuando cumplió sus 30 años, en busca de su herencia, de sus identidad, de sus raíces, de su lugar en el mundo. En Peregrinaciones de una Paria cuenta su vida y la de otras mujeres:
“…dejaba la casa donde había nacido mi padre y donde había creído poder encontrar refugio; durante los siete meses en que la había habitado, había hallado la morada de un extraño. Huía de esa casa donde me habían tolerado sin adoptarme; huía de las torturas morales que había sentido y de las sugerencias que allí me había inspirado la desesperación: ¿huía hacia donde?… lo ignoraba. No tenía un plan y cansada de las decepciones, no hacía proyectos: dejada de lado por todos, sin familia, sin fortuna ni profesión, sin siquiera un nombre propio, partía al azar como un globo en el espacio que va a caer allí donde el viento lo lleva”. (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán -Villegas Editores-2003-Bogota)
Gracias a ese viaje, y a su destino de paria, Flora Tristán tomó conciencia no solo de su situación, sino de la situación de la mujer en las distintas clases sociales que existían en el Viejo y en el Nuevo Mundo; hasta que llegó a casa de su familia peruana solo había conocido y frecuentado el maltrato en la pobreza, pudo entonces darse cuenta que no es menor el maltrato o la marginación de la mujer en las clases altas.
Observó en Perú, la existencia de unas mujeres, las “ravañas”, indias que acompañaban a los soldados, iban armadas y llevaban a sus hijos, se aprovisionaban, si era necesario a la fuerza, en los pueblos que iban atravesando. No pertenecían a ningún hombre en particular solo se acercaban a aquel con quien preferían estar. ¿Qué era aquello de elegir? Un privilegio que no estaba dado para las señoras de la sociedad, sí para las “ravañas”. Por su situación marital y lo que vislumbra en las mujeres de su familia, sabe que su condición de mujer la ubica en la sociedad como ciudadana de segunda. Se ve a sí misma y a las demás, en situación de semi-esclavitud. Imposible salir de esa situación sin educación porque solo así la mujer adquiere conciencia de sus derechos. Veamos una de sus miradas:
“Arequipa es una de las ciudades de Perú que alberga mayor número de conventos de hombres y mujeres. (…) se podría creer que si la paz y la felicidad habitan sobre la tierra, es en estos asilos del señor, (…) en el recinto de aquellos monumentos no se encuentran más que agitaciones febriles (…) iba a menudo a sentarme al mirador de nuestra casa (…) me gustaba pasear la vista desde el valle que este riega hasta los dos magníficos conventos de Santa Catalina y Santa Rosa. (…) era en este claustro donde se había desarrollado un drama lleno de interés, cuya heroína era una joven hermosa, tierna y desgraciada. Era mi parienta. (…) hacía ya dos años que se había evadido del convento, (…) me provocaba el vivo deseo de conocer el interior del convento en donde la desgraciada había languidecido durante once años. (…) la dureza del calzado le hería los pies y su largo velo negro de lana, siempre caído, era para ella la tapa que encierra vivo al cataléptico dentro del ataúd. (…) pero un voto terrible, solemne, que ningún poder humano podía romper, la privaba para siempre…(…) a los dieciséis, Dominga, había querido renunciar al mundo (por abandono de su prometido). (…) Allí reinan con todo su poder las jerarquías del nacimiento, de los títulos, de los colores de la piel y de las fortunas, y estas no son vanas clasificaciones. (…) Santa Rosa es uno de los conventos más grandes y ricos de Arequipa. (…) Al tomar el velo en la orden de las Carmelitas, las religiosas de Santa Rosa hacen voto de pobreza y de silencio. Cuando se encuentran, la una debe decir “Hermanas, tenemos que morir”, y la otra responde “Hermana, la muerte es nuestra liberación”. (…) La superiora me recibió con mucha distinción (…) Nacida en Sevilla, vino a Arequipa a la edad de siete años. Su padre la recluyó en Santa Rosa para educarse y desde entonces no ha salido. (…)-¡Ay! Mi querida niña -me dijo- estoy demasiado vieja, ya mi tiempo se acabó, pero si tuviese tan solo treinta años me iría con usted. (…) Al hablarme de Dominga me dijo: -Esta joven estaba poseída por el demonio y estoy contenta de que el diablo haya escogido mi convento”. (Peregrinaciones de una paria, Flora Tristán, Villegas Editores-2003-Bogota)
Con su mirada Flora toma a la mujer y a su entorno como parámetro y testimonio social. Por ese mismo motivo, es probable que su viaje y en Perú, hubiera conocido de oídas a otra gran mujer, una ecuatoriana llamada Manuela Sáenz que por esos años estaba recluida o exilada en el Puerto de Paita. Cómo podría no saber de la existencia de la más ‘mujer’ de las amantes de Simón Bolívar, aquel americano que la había acunado de niña en París; el Libertador, el independista, el gran amo y señor de los americanos que hacía apenas unos años había muerto en Santa Marta, Colombia. La Libertadora del Libertador, Manuela Sáenz, la otra paria, que según decían, por esos años a escasos tres años de la muerte de Bolívar, vivía recluida en el puerto de Paita, un pueblito perdido de Perú.
El aporte de Flora con relación al maltrato de la mujer, fue en relación a la mujer americana. Tema que no era novedad en Europa. Olimpya de Goughes lo venía advirtiendo desde 1791. Se había manifestado claramente contra la represión jacobina, contra Robespierre y Marat. Fue acusada de ser una realista reaccionaria y guillotinada en 1793. En vida las cosas no le fueron menos graves. Nacida en 1745, hija de un carnicero y una lavandera, fue casada con un anciano rico, quedó viuda y con dinero suficiente para mantenerse desde 1788, en París, viviendo además de los precarios ingresos como escritora. Pobremente educada, igual que Flora, sus textos no la convirtieron en una autora de éxito pero fueron tan comprometidos como para hacerle ganar la guillotina. Las obras de Olimpya de Goughes fueron feministas y revolucionarias. En su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana sostiene:
“…la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos”. Olimpya denunciaba el olvido de las mujeres por parte de la revolución francesa en su proyecto igualitario y liberador. Afirmando que: “la mujer nace libre y debe permanecer igual al hombre en derechos (…) todas las Ciudadanas y Ciudadanos deben contribuir, personalmente o por medio de sus representantes, a su formación.” (Fanny Edelman, Feminismo y Marxismo-2001-Buenos Aires)
Igual que Olimpya y casi todas las grandes mujeres de la época, Flora Tristán fue autodidacta. Con una pobre educación su prepotencia de trabajo y su afán por la lectura contestataria le proporcionaron la letra y la palabra.
“Acabo de demostrar que la ignorancia de las mujeres del pueblo tiene las consecuencia más funestas. Sostengo que la emancipación de los obreros es imposible en tanto que las mujeres permanezcan en estado de embrutecimiento”. (Unión Obrera, Flora Tristán-1843- Feminismo y Utopía –Fontamara-1977-México)
Flora fue la gran pionera del feminismo socialista. Vio la luz y vivió sus primeros años entre utopías, y utopistas, acunada al calor de sus ideas y entre sus brazos como sucedió con Simón Bolívar y Simón Rodríguez, que eran amigos íntimos de sus padres. Tal vez por eso a Flora no le pasaron inadvertidos los escritos de Saint Simon, Fourier, Owen, Bakounin, Woolstonecraft y de Goughes. Sin embargo, no siguió al pie de la letra ningún discurso ajeno. Flora se opuso se enfrentó a la misoginia de los primeros ideólogos del movimiento obrero como Ferdinand Lasalle (1825-1864), o Pierre Joseph Proudhon (1809-1864) quien afirmaba que: “no hay otra alternativa para las mujeres que la de ser amas de casa o prostitutas”.
Por este tipo de conceptos vertidos por los ‘hombres sabios’ de esa y de toda época, hasta a sus ideólogos Flora les reclamó -derechos para la mujer porque es el único medio para que se tome en consideración su educación y porque de la educación de la mujer depende la del hombre en general. A un año del nacimiento de Flora, en 1804, se impuso el Código Civil napoleónico en el que se establecieron los principales logros sociales de la revolución y que negaba a las mujeres los derechos civiles reconocidos para los hombres -igualdad jurídica, derecho de propiedad-, e imponía leyes discriminatorias según las cuales se considera la cueva, la casa, el hogar, como el ámbito de la actuación femenina; según consideró Marguerite Duras en La vida material: “ese sitio creado para que las mujeres cuiden de los hombres y los niños”
Sin embargo, por esos tiempos empezaba a ser conveniente y casi necesario tener en cuenta a las mujeres, o por lo menos escucharlas; aprehender y utilizar el discurso de las ‘féminas’ para confrontarlo y entremezclarlo al discurso oficial, establecido y único, el de los hombres se convirtió también en una moda o conveniencia; y si ‘ellas’, además, reclamaban su derecho al sufragio, ¿Por qué no darles el gusto? Si eran tan necesarios los votos como la mano de obra barata. Flora exigía la vindicación de los derechos de la mujer pero no dudaba en ejercerlos y echaba mano al más peligroso de los derechos arrogados el hombre: la palabra escrita y el discurso:
“A vosotros, obreros que sois las víctimas de la desigualdad de hecho y de la injusticia, a vosotros os toca establecer al fin sobre la tierra el reino de la justicia y de la igualdad absoluta entre la mujer y el hombre. Dad un gran ejemplo al mundo (...) y mientras reclamáis la justicia para vosotros, demostrad que sois justos, equitativos; proclamad, vosotros, los hombres fuertes, los hombres de brazos desnudos, que reconocéis a la mujer como a vuestra igual, y que, a este título, le reconocéis un derecho igual a los beneficios de la unión universal de los obreros y obreras”. (Unión Obrera, Flora Tristán -1843- Feminismo y Utopía –Fontamara-1977-México)
Cuarenta años más tarde Karl Marx (1818-1883), Friederich Engels (1820-1895) y Agust Bebel (1840-1913), decidieron establecer las bases del pensamiento socialista sobre la “cuestión de la mujer”. En su libro "El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado" (1884), Engels igualaba la dominación de clase a la dominación de la mujer por el hombre. Por lo tanto, la emancipación de la mujer sería posible, solo, mediante una revolución socialista que aniquilara el capitalismo. Una vez más, por cierto, los derechos de las mujeres, la lucha por la equidad cotidiana y la laboral debía subordinarse a la del hombre. Lo cierto es que la igualdad política entre los sexos era, y es, necesaria para lograr la emancipación de la sociedad; la base de la emancipación femenina era, y es, la independencia económica de la mujer.
Allá por el año 1872 el Congreso de la Federación Regional Española de la AIT, concluyó estableciendo:
“La mujer es un ser libre e inteligente, y como tal, responsable de sus actos lo mismo que el hombre; pues, si esto es así, lo necesario es ponerla en condiciones de libertad para que se desenvuelva según sus facultades. Ahora bien, si relegamos exclusivamente a la mujer a las funciones domésticas, es someterla, como hasta aquí, a la dependencia del hombre, y, por lo tanto, quitarle su libertad. ¿Qué medio hay para poner a la mujer en condiciones de libertad? No hay otro más que el trabajo”. (Més ennllà del silenci. Les dones à la historia de Catalunya)
Fue August Bebel, dirigente alemán y socialista, el primer teórico marxista que dedicó un estudio específico acerca de la mujer y el socialismo:
“La mujer de la nueva sociedad será plenamente independiente en lo social y lo económico, no estará sometida en lo más mínimo a ninguna dominación ni explotación, se enfrentará al hombre como persona libre, igual y dueña de su destino”.
Tanta fue la lucha de clases, y es aun la de las mujeres que los movimientos feministas y sufragistas estuvieron dirigidos por mujeres de procedencia burguesa y a pesar que sus planteos eran anticlasistas sus ideas no eran ampliamente consideradas en los sectores de las mujeres obreras. Las feministas y las sufragistas no lograron movilizar a todas las trabajadoras, ni ellas a las anteriores. Ciento cincuenta años más tarde (1995) la Organización de las Naciones Unidas, en la IV Conferencia Mundial sobre la mujer , definió:
“…La palabra género se diferencia de sexo para expresar que el rol y las condiciones de hombres y mujeres responden a una construcción social y están sujetas a cambio. La opresión de género tiene la misma raíz que la opresión de clases, una forma de desigualdad social que se manifiesta también en la raza, la etnia, el origen nacional, los inmigrantes, los refugiados”. (Fanny Edelman, Feminismo y marxismo-2001- Buenos Aires)
Esta opresión de género y de clase, por ende una creciente conciencia de clases, fue la que padeció e inquietó a Flora desde niña; conciencia que la impulsó en cada uno de sus actos cotidianos. En su afán de ir al frente por sus derechos, y ejercerlos, tuvo una vida azarosa y controvertida en la que se ganó no pocos enemigos, tanto hombres como mujeres, muchos de los cuales consideraron su reclamo de una sociedad igualitaria y equitativa como "excelentes sueños para la poesía".
El feminismo de Flora Tristán propone reivindicaciones y un proyecto político a partir de la idea de que todos los seres humanos nacen libres, iguales y con los mismos derechos. Las ideas de Flora, van ganando el espacio público en el período posterior e inmediato a la Revolución Francesa, que fue en sí misma una derrota amarga del feminismo porque en estas cuestiones se retrocedió. Épocas en que las mujeres no podían subir a la tribuna, pero si al cadalso. Flora Tristán continúa, y refuerza, el pensamiento de Wollstonecraft y de Goughes, dando a ese feminismo visceral un giro de clase que dio lugar al feminismo marxista.
“Cualquiera que conozca algo de la historia sabe que los grandes cambios sociales son imposibles sin el fermento femenino. –escribió Carlos Marx- El progreso social puede medirse exactamente por la posición social del sexo débil (aunque sean feas)’.
Hasta acá la idea y la breve historia de la que a mi entender ha sido la viajera por excelencia, ando un gran salto de Europa a América y retornando al Viejo Mundo con un bagaje de cultura e información, una cierta mirada del Sur de América en la que deja bien claro que la lucha de la mujer por sus derechos es parte de la lucha de clases. Flora Tristán hizo de su diario de viaje, Peregrinaciones de una paria, un verdadero ensayo sociológico de la época que le tocó vivir. Obra que precedió ni más ni menos que a La Unión Obrera (1843).
“Nada me hubiese gustado más que comenzar este librito con una canción que resumiese mi idea: ‘La Unión’ y que tuviese por estribillo: “Hermanos, unámonos! ¡Hermanas, unámonos!”. (Unión Obrera, Flora Tristán-1843- Feminismo y Utopía –Fontamara-1977-México)
El ‘librito’ como lo llamaba, fue editado con las suscripciones que ella y su hija Aline se ocuparon en conseguir golpeando la puerta de conocidos y amigos.
“Con los donativos y suscripción he podido hacer componer, imprimir y grabar el libro de La Unión Obrera. Este libro constituye una pequeña propiedad. Si los obreros comprenden bien el alcance de este libro, se venderá un gran número de ejemplares más o menos considerable. Desde aquí me comprometo a no emplear nunca el producto de esta propiedad en mis gastos personales. Mi intención es hacer, con este dinero, otros ‘libritos’ cuyo objetivo será el mismo: la instrucción de las clases obreras” (Unión Obrera, Flora Tristán-Fontamara-México-1993).
Hoy que algunas leyes parecen haber cambiado desde entonces, se podía acusar a su madre y entorno de: ‘trabajo infantil’, ‘abuso sexual’, ‘maltrato y acoso moral en la intimidad y en lo laboral’, ‘abandono de persona’ por parte de la ley… Por suerte esas vindicaciones solicitadas desde finales del siglo XVIII hasta hoy, iniciado el XXI, salen al fin a la luz y justamente porque aun no se han resuelto. Existe pena y castigo para los que imponen cualquier tipo de esclavitud, acoso laboral, sexual o moral, no obstante se siguen practicando con total impunidad. Bastaría con rehacer ese largo peregrinaje de Flora Tristán ‘entre dos mundos’, con su mirada, para comprobar que las cosas no han cambiado; la esclavitud y el tráfico de personas, el acoso moral (sexual y laboral), la vejación y el trabajo infantil, el abandono de persona de la mujer, y del hombre, se han incrementado. Por ende, se incrementaron también otras enfermedades infectocontagiosas y letales de la sociedad: indiferencia, apatía, la impiedad. El silencio.
Silvia Miguens
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